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Retrato de Sarusky por Ciro Bianchi Ross

Jaime Sarusky

Jaime Sarusky

Este 29 de agosto hace un año que dejó de estar entre nosotros el querido amigo Jaime Sarusky, aunque su alegría, sus elocuentes comentarios y sus cubanísimos hábitos siguen vivos entre nosotros. Pienso que nunca mejor se recuerda a un ser querido que cuando lo hacen los amigos. Por eso quisiera publicar este texto de Ciro Binachi, gran amigo de Jaime, que nos lo trae de vuelta ante todos. (Nota del E.)

 

 

 

Ciro Bianchi

Ciro Bianchi

Retrato de Sarusky

Ciro Bianchi Ross

Tomado de la Revista la Gaceta 2-2005 Marzo-Abril

Lisandro Otero lo describe como un hombre benévolo, desinteresado y afable, y Ambrosio Fornet le alaba la integridad personal, el sentido del humor y su inquebrantable concepto de la amistad, en tanto que Leonardo Padura habla de su tremenda calidad humana, y Nancy Morejón resalta sobre todo su estruendosa cubanía. ¿Por qué un ser tan dulce, tan cálido, tan aunténtico y sincero mereció el sobrenombre de El Tigre? Pregunta Roberto Fernández Retamar y el propio Jaime Sarusky aduce que hace ya muchos años contó una y otra vez a lo largo del tiempo la historia de un tigre en la ciudad que dio pie al apelativo.

Pero esa debe ser una verdad a medias como la de aquel cuento que aseguraba haber escrito y del que nunca existió una sola línea. Hay también un Jaime Sarusky al que se le atribuyen historias porque forma parte de la mitología y de la noche habaneras, dice Reynaldo González y recuerda a cierta tigresa expectante y esperanzada que sabía ser demandante y fiera, porque Sarusky, precisa Alex Fleites, tiene una bien ganada fama de doblegador de voluntades femeninas y de depredador de alcoba de jovenes y antañosas damiselas.

Nuestro más reciente Premio Nacional de Literatura es uno de los más consistentes novelistas cubanos contemporáneos y un rastreador de historias singulares que se relacionan con la complejidad de la construcción de la identidad insular. Al concederle el galardón, el jurado que presidió Reynaldo González, tomó en cuenta aciertos y valores de su narrativa y su largo quehacer periodístico de altísimos quilates y expresión de su generosa curiosidad humana, sin desdeñar su audaz penetración en terrenos, como el de las comunidades de emigrantes asentados en Cuba, que parecían reservados solo a los antropólogos. Una obra – investigación, periodismo y novela – que el escritor asume con pasión y eficacia.

Sarusky vive en un apartamento espléndido y desordenado, en un edificio en el Vedado que fue propiedad de Dulce María Loynaz. En su sala de estar penetra en la mañana toda la luz del trópico. Por eso no es de extrañar que en esa misma pieza pintaran Mario Carreño y Mariano Rodríguez, quienes lo habitaron sucesivamente antes del escritor. En sus paredes cuelgan un óleo del primitivo Benito Ortíz, el plástico trinitario, y otro de Victor Manuel. Su bien nutrida biblioteca es sencillamente caótica: en un mismo anaquel alternan el Diccionario Oxford de la Música y Castigo Divino, de Sergio Ramírez, Crónicas Marcianas, de Bradbury, Noticias del Imperio, de Del Paso y el Diccionario Botánico de Nombres Vulgares de Cuba, del sabio Juan Tomás Roig. Su archivo no debe andar mejor cuando me confesó que una larga entrevista que realizó de conjunto a Leo Brouwer, Silvio Rodríguez, Pablo Menéndez, Sergio Vitier y Octavio Cortázar permaneció extraviada entre sus papeles durante más de treinta años y terminará incoporada a un libro que publicará en breve.

Sarusky es el entrevistado más dificil de mi ya extensa carrera. Durante las casi cinco horas, distribuidas en dos sesiones de trabajo, que duró nuestro encuentro, no se relajó durante un solo minuto y se mantuvo siempre a la defensiva. Eludió preguntas, eliminó adjetivos, insistió en lo que le pareció más coveniente y acudió a textos escritos para calzar s respuestas que, sin embargo, no me permitió anotar.

Quizás de la misma manera, sumando y tachando, escriba este rumiador de palabras que lega a las letras cubanas los personajes memorables de Anselmo, el músico de La Búsqueda, la astróloga Petronila Ferro, de Rebelión en la Octava Casa y el doctor Benderton, de Un Hombre Providencial.

En la cuerda floja

Rehuye la más mínima pista sobre la novela en la que trabaja desde hace rato. Prefiere hablar acerca de otro título, Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC: mito y realidad, para el que no consiguió entrevistar a Pablo Milanés – fue el único de sus integrantes que negó cualquier posibilidad de diálogo –, y de otro libro, aún sin título, que compilará el fruto de sus investigaciones en torno a comunidades haitianas, japonesas y hebreas radicadas en la Isla y que completará la saga que inició con Los Fantasmas de Omaja (1986) y prosiguió con La Aventura de los Suecos en Cuba (1999).

Sarusky, que nació en La Habana en 1931 y vivió en Florencia, en la actual provincia de Ciego de Avila, hasta sus nueve años de edad, hijo de emigrantes. Su madre era oriunda de Bielorrusia y el padre, polaco. Pero no es esa circunstancia la que lo llevó a meterse en el tema de las migraciones. De nada valen los antecedentes familiares ante la sorpresa de toparse con un asunto no tratado en la prensa y apenas abordado por la antropología.

Aún recuerda aquel día de 1970 cuando, en busca de un buen reportaje en la zona oriental, un cambio de tren lo llevó a conocer Omaja, asiento de una colonia norteamericana en Cuba. El asombro inicial de que allí el nombre de una ciudad del estado de Nebraska y de una nación de bravos indios pieles rojas se cubanizara con la “j”, pronto quedó atrás cuando el escritor recorrió la pequeña localidad y vio sus casas y bungalows destartalados por el paso del tiempo, así como los restos del hotel y la iglesia metodista y le pareció que por algunas de las puertas con batientes de la bodega, que bien haber pudo ser el salloom, podría emerger en cualquier momento la figura tranquila y legendaria de Billy The Kid dispuesto a batirse solo con toda una banda de adversarios.

Aquel descubrimiento marcó su interés todavía vivo por otras colonias de extranjeros. Vinieron después sus investigaciones en torno a suecos, japoneses, hindúes y yucatecos en la Isla, que recogió en Los Fantasmas de Omaja. El otro título narra las peripecias de un grupo de suecos que huyeron de la pobreza y la miseria y buscaron en Estados Unidos, primero, y en Cuba después el lugar para realizar su anhelo de bienestar.

Era una historia no escrita y de la que no quedaba más que unas pocas huellas, documentos, escombros, un cementerio lleno de lápidas con nombres extraños y sí una colección de fotos impresionante. Sarusky logró en su libro que el lector cubano se transporte a un mundo misterioso y casi surrealista y siga el derrotero del doctor Lind con su sombrero jipijapa inmerso en las altas olas de la yerba de guinea de la finca La Güira.

El padre del escritor, al igual que esos emigrantes de los que hablará su hijo, vino a Cuba en busca de un mundo mejor. Encontró pronto empleo en las labores de reparación de la línea ferroviaria del norte de Oriente. Ahorró, compró algunas mercancías que comenzó a vender de puerta en puerta; prosperó y pudo abrir su propio comercio que le permitió traer de Polonia a seis de sus nueve hermanos, a los que ayudaría a establecerse en el país.

Cuando falleció, a los treintiocho años de edad, el futuro escritor quedó al cuidado de uno de sus tíos, con el que no tardaría en entrar en conflicto, en tanto que las relaciones eran ríspidas y accidentadas con algunos de sus otros familiares, cuya autoridad, a pesar de ser un muchacho, ponía en tela de juicio todo el tiempo. Estas desavenencias y las fricciones de tipo religiosos con los suyos en la adolescencia, más su temprana vocación por la literatura, terminarían por hacer de él un excentrico, alguien fuera del centro, como los son muchos de los personajes de ficción y lo son asimismo no pocas de las personas reales que deambulan en sus crónicas y reportajes.

Pese a su ascendencia judía, se educó en La Habana en un colegio norteamericano protestante. Jamás puso piedras sobre la tumba de sus padres, como era la costumbre de los suyos, sino flores. Pero no pudo eludir, al entrar en posesión de la herencia paterna, verse obligado a convertirse en comerciante. Toda su familia lo era y, para no variar, esa era también la ocupación del padre de su novia de entonces.

Así Sarusky abrió La Feria, una tiendecita en la que era posible encontrar cualquier cosa que se buscara y que se ubicaba en la Avenida 51, frente al Anfiteatro de Marianao. Peso a lo ventajoso del lugar y lo variado de la oferta, aquello, ciertamente no era lo suyo. Lo mortificaban las horas pasadas detrás del mostrador y, para colmo, lo exasperaba que los proveedores prefirieran negociar con su novia, que permanecía en la tienda la mayor parte del tiempo, que con él mismo.

En vez de ocuparse de lo suyo, Sarusky empezó a andar y desandar por una cuerda floja, sin asideros ni malla protectora, al inclinarse por una profesión poco conocida y nada bien remunerada.

Empezó a escribir, convirtió el espacio en animada tertulia de escritores, convocó a un concurso literario y no era raro que en fechas señaladas dedicara las dos vitrinas de la Feria a evocar a José Martí o a algún poeta. Sus artículos encontraron cabida en el periódico El Sol, de Marianao – antes publicó en El Zorzal, revista estudiantil de Santa Clara – mientras que el negocio empezaba a irse a pique. Fue así que primero rompió con la novia, aunque continuó viéndola a escondidas, y decidió deshacerse de la tienda. Más que el comercio en sí, al final vendería la opción del lugar. Entonces se fue a Francia a estudiar, pero sobre todo a vivir.

Erase un pobre tipo

Para sobrevivir impartió en París clases de español y fregó platos durante una estancia en Suecia. Viajó además a España y a Inglaterra, no como turista, sino como el hombre joven que quiere ensanchar su visión del mundo, verlo de una manera más culta y también mas viva. Aprendió la lengua francesa y pasó cursos en La Sorbona, entre otros uno sobre sociología de la literatura y el arte con el después famoso Roland Barthes, curso que a la postre le sería muy útil para acometer su investigación sobre las migraciones y sobre los plásticos de origen campesino, las que tal vez algún día agrupe en un libro.

Al regresar, Fayad Jamis, gran amigo de los días de Francia, lo esperaba en el puerto de La Habana para conducirlo, casi sin interrupción ni pausa, al periódico Revolución que nucleaba entonces como periodistas de planta o colaboradores a lo mejor de los jóvenes escritores cubanos. Su novela inicial, La búsqueda, salió en 1961 con el sello de las ediciones de ese diario, y el autor recuerda que esa obra le hizo vivir la experiencia jamás repetida de revisar las pruebas de galera en la propia imprenta, práctica que no tardaría en eliminarse con el desarrollo del sistema editorial cubano. Precisa además que recibió ochenta pesos como pago de aquella primera edición y apneas un poco más por la segunda que apareció al año siguiente.

La búsqueda, muy celebrada por la mayor parte de la crítica, y que tiene ahora cuatro ediciones en su haber, cuenta la historia de Anselmo, flautista de una orquesta de música popular que abandona lo que ha sido su vida porque quiere entrar en el gran centro de la música. Querer, claro, no es poder, y el protagonista de la novela no logra concretar sus propósitos y termina devorado por la vida. Calvert Casey la elogió sin reservas y afirmó que su propuesta profundamente realista debía ser seguida por la novelística cubana. Otros críticos la emparentaron con Kafka y hasta con la picaresca. Uno de sus personajes, Zarco Chamizo, estremece en su delirio a los lectores. Ofrece una visión insuperable de La Habana con su clima de frustración y pesimismo. Pero de La búsqueda se harían también lecturas extraliterarias. A partir de su exordio, aquella frase de Sastre, en La nausea, que dice: “Erase una vez un pobre tipo que se había equivocado de mundo”, que un editor precavido hizo desaparecer de la edición de 1982, se tachó la obra de “existencialista y decadente”, dos malas palabras en aquellos ya lejanos años 60. Aunque Sarusky se defendió de esos ataques y dejó claro que el estado ánimo de un personaje no podía soslayarse en la obra, comprendió que le estaban pasandoi la cuenta por las opiniones que exteriorizó en un debate – anterior a Palabras a los intelectuales – que pretendía definir la política cultural del país a raíz de la exhibición y prohibición del documental PM, de Sabá Cabrera.

Corría el año 1961 y la invasión mercenaria había sido derrotada en Playa Girón, pero Sarusky y el fotorreportero Liborio Noval debieron permanecer todavía durante un mes más en la región oriental de Guantánamo, en la que se esperaba un desembarco de marines por la base naval norteamericana de Caimanera. El escritor pidió a Liborio que tomara fotos de los anuncios de dos películas que se exhibían en aquellos días en cines guantanameros. Una de ella era Junga Din, versión de la novela homónima de Kipling, defensor a ultranza del colonialismo británico; la otra Las arenas de Iwo Jima, exaltación del coraje del ejército norteamericano en la guerra contra los japoneses.

Ya en una sesión del debate, Sarusky expresó qu ninguna de las imágenes de PM justificaba su prohibición, porque lo que mostraba eran personas que bailaban, bebían y se divertían y no a una Habana disipada y frívola como querían hacer ver sus detractores. Recordó que semanas antes la prensa nacional se había hecho eco de la noticia de que se había triplicado la producción de cervezas, y que PM recreaba la atmósfera de euforia que vivía el país. Invitó a los que lo escuchaban a que vieran las fotos captadas por Liborio Noval y preguntó si desde el punto de vista ideológico resultaba más peligroso el documental de Sabá Cabrera, pasado ya por la televisión, que películas como las mencionadas.

Fue suficiente para que una crítica y profesora universitaria amenazara con una frase que se escuchó bastante en aquellos tiempos: “Eso es budapestismo , así fue como empezó la contrarrevolución en Hungría”. Pretendía imponerse el lenguaje de la intolerancia, la virulencia de una crítica sectaria que tanto dañaría a la cultura cubana. Por razones ajenas a la literatura se desacreditó al autor, que estaba muy lejos de aceptar puntos de vista dogmáticos y represivos, y sí el diálogo abierto que caracterizó desde sus inicios la Revolución cubana.

Su segunda novela, Rebelión en la octava casa (1967), mención, como la anterior, en el certamen de la Casa de las Américas, se inscribe dentro de la literatura que desarrolló la temática de la lucha clandestina contra la dictadura de Batista. En un extraño escenario se refugian dos revolucionarios perseguidos. Oscar y Agustín son los rebeldes, decididos a luchas para que los Anselmos de ese mundo deforme recuperen sus derechos de ciudadanía y en consecuencia la posibilidad de realizar sus sueños, dice Ambrosio Fornet. Añade el prestigioso crítico que esta obra viene a ser, en los anales de nuestra narrativa, un yo acuso a la plaga dogmática que alguna vez intentó convertir la ideología en teología, socavando así las bases de convivencia entre los revolucionarios.

Rebelión en la octava casa mereció un comentario muy favorable de Alejo Carpentier. La “extraviada poesía” de Petronila Ferro, entusiasmo a muchos e incluso un escritor como Reynaldo González la puso a caminar por la páginas de su primera novela. El libro, sin embargo, pasó inadvertido, se dice, a causa de un mala manejo de su promoción y venta, y Sarusky se apartó de la ficción y se metió de lleno en esa otra forma de creación que es el buen periodismo. Pasarían muchos años para que deleitase a sus admiradores con otra novela, Un hombre providencial, que le valió el importante premio “Alejo Carpentier” en el 2001. Su acción transcurre en la mítica república de Granada (Nicaragua) y su personaje es el aventurero y soldado de fortuna norteamericano William Walker que se presenta bajo el nombre de William Providence. Una trama que obligó al autor a una prolongada indagación histórica en la que no fueron ajenas sus armas de periodista.

Para Sarusky literatura y periodismo son dos batientes de su ser, sin preeminencia de una sobre el otro. Ambos coexisten. El asunto es de experiencia y de saber manejar el texto. Saber sintetizar dentro de una novela y trabajar literariamente el texto periodístico.

Dice ahora que todo vale en una obra literaria. Puede utilizarse documentos en una novela. Si se sabe cómo, no impiden que la ficción fluya con armonía. De la misma manera no puede el periodista cerrar las posibilidades narrativas que enriquecerán su reportaje.

Escribe Nancy Morejón:

No ha habido una página de promoción de la literatura cubana sin el concurso desinteresado de Jaime Sarusky, fino lector, periodista, narrador, animador de infinitas tertulias citadinas. Pablo Armando Fernández lo podría definir como “un príncipe de los mejores tabloides culturales de la nación”. Y yo estaría, una vez más, de acuerdo…porque en Jaime perdura un inefable hacedor de viñetas, columnas y espacios; un silencioso promotor quien, junto a Ambrosio Fornet – ambos desde un fondo insondable de riesgos y disfrutes –, ha sido un precursor de aquellos insuperables talleres , de café y madrugada y salitre, de donde nacieron no sólo eficaces narradores sino modalidades literarias como el testimonio, concebido como una expresión de registro y servicio de acontecimientos sociales que la historia oficial había devaluado tradicionalmente.

Tan anclado ha estado Sarusky durante casi treinta años en la revista Revolución y Cultura que a menudo se olvida que no siempre fue un periodista del “sector” cultural. Como periodista de a pie trabajó en Revolución y en el rotograbado de ese diario, en Granma, en Bohemia…En el rotograbado animó la sección Por la libre, con comentarios sobre la vida cultural cubana a cargo de César López, Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes, entre otros. En 1966 se desempeñó como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba.

Su quehacer periodístico se compila además en los títulos El tiempo de los desconocidos (1977) y El unicornio y otras invenciones (1996). Las páginas de este último se pueblan de seres soñadores y delirantes, desde el campesino que se empeña en construir un zoológico de piedra hasta aquel que en una búsqueda obsesiva quiere encontrar un caballo de coral en el dondo del mar. Y aparece asimismo, contada por el mismísimo Silvio Rodríguez en persona, la verídica historia de “El Unicornio azul”.

A diferencia de otros periodistas, Sarusky no piensa en el libro cuando aomete su trabajo cotidiano. Aunque mucho de lo que escribe para la prensa tiene ilación y unidad temática, la idea de compuilar viene después, con los años.

¿A cuanta gente ha conocido, a cuantos ha entrevistado a lo largo de su quehacer profesional? Menciona enseguida a Jean Paul Sartre, de uien fue traductor en las dos visitas que en 1960 hizo a Cuba, “hombre brillante, de implacable lucidez”, y al poeta Nazim Hikmet, “con el corazón a punto ya de estallarle”. Precisa que entrevistó a Wifredo Lam en dos ocasiones y que su cercanía a Mariano y a Portocarrero le permitió advertir cuan diferentes eran esas dos personalidades.

Sarusky se levanta muy temprano y aprovecha la mañana para escribir y no es raro que vuelva a la carga por la tarde. Tiene muchas páginas inéditas que, comenta, no se atrevería a publicar. Gusta que sus amigos lean lo que lleva escrito y no es remiso a aceptar sugerencias de modificación o cambio si le parecen válidas. Vuelve una y otra vez sobre lo que escribe, hace y rehace, y aún así piensa que un escritor debe contar siempre con el concurso de un buen editor. Asegura que Stendhal, y no Sartre como muchos le atribuyen, es ele scritor que ha seguido más de cerca.

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“Jaime, coronaste también tu existencia alegremente” – por Josefina Ezpeleta

No resulta nada fácil escribir cuando lágrimas empañan nuestros ojos. Y este es el caso, acabo de recibir la noticia de que en la madrugada de hoy falleció en La Habana, Cuba, un gran escritor, un eminente profesor, un excelente amigo.
Nació en Florencia, Ciego de Ávila, en 1931. Su primer apellido —Sarusky— se lo dio su padre polaco y el segundo —Miller—, su madre bielorrusa, emigrantes que llegaron a Cuba en la década del 20 del pasado siglo xx. Y de esa rara mezcla, nació un cubanazo: Jaime.
Josefina Ezpeleta y Jaime Sarusky

Josefina Ezpeleta y Jaime Sarusky

Mucho se puede hablar de su labor periodística, pero al respecto solo diré que recibió el Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro en el año 2000, y que algunos de sus trabajos periodísticos están reunidos en el libro Unicornio y otras invenciones.

Entre las obras que he podido leer de este importante escritor, Premio Nacional de Literatura de 2004, están La búsqueda (1961), Rebelión en la octava casa (1967), La aventura de los suecos en Cuba (1999), Un hombre providencial, con el cual obtuvo el Premio Alejo Carpentier 2001 en el género de novela.
En casi todas las reseñas que he leído de él aparece como “narrador, ensayista y periodista”, pero olvidaron que él también sembró, como profesor, en muchos de nosotros el amor por la literatura y en otros incluso contribuyó a que ese desazón que siente todo escritor y que lo lleva a volcar en un papel sentimientos, sucesos, pensamientos…, se metiera hasta la última de nuestras células.
Y es que Jaime Sarusky impartió clases de literatura en un instituto pre-universitario… y quizá algunos digan: “¡ah!, en un pre…”. Pero es que discúlpenme los que no lo crean así, pero no fue en un “pre” cualquiera, fue en el Instituto Pre-Universitario Especial Raúl Cepero Bonilla que recién cumplió 50 años de haberse fundado, y tampoco fue un “profe” cualquiera. Esa institución, durante sus primeros años, tuvo programas diferentes al resto de los pre-universitarios de la Isla. Allí se nos enseñó a pensar, se nos enseñó a aprender; lograron, por ejemplo, que al estudiar El Quijote, nos sintiéramos un poco Miguel de Cervantes, o un poco el mismo Quijote y que blandiéramos una lanza contra la injusticia, contra la mentira… algo que se nos ha quedado como costumbre.
Y siempre Sarusky se sintió tan ceperiano como cualquiera de nosotros, los alumnos. Yo no tuve la dicha de recibir clases de él, pero después la vida nos unió en una amistad que recuerdo con muchísimo cariño. Siempre me preguntaba de dónde venía mi apellido, y es por esa razón que mi poema “Soy un sitio poblado de bojs” se lo dediqué a él, cosa que lo sorprendió sobre manera.  
Los que no lo conocieron, no podían tener una idea completa de su carácter —quizás por su pose y su rostro adusto de casi siempre—, pero Jaime siempre fue muy jovial y cuando reía, sus carcajadas contagiaban a todos los que estuvieran con él.
En el año 2011 visité la Isla, y mis compañeros ceperianos —esos amigos de siempre— me celebraron de sorpresa mi cumpleaños en la casa de mi madre, en San Mariano y Cortina, de donde podíamos divisar nuestro “Cepero”. Mi sorpresa fue aún mayor cuando vi, entre los que acudieron a la cita, a mi Jaime, a nuestro Jaime, con dos de sus últimos libros en las manos como regalo por mi cumpleaños: Ensayos para una seducción, y Glauber en La Habana. El amor y otras obsesiones. Nunca olvidaré una de sus dedicatorias: “Para Ezpeleta, nada fácil de olvidar.”
Lo recordaré con la sonrisa de siempre, y esa picardía en los ojos, como mismo lo ven en esta, la foto que nos tomamos aquella tarde de julio, hace ya dos años.
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