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El Arte de poner nombres en Cuba hoy

Revista “Revolución y Cultura” No. 3 2005

Ilustracion de René de la Nuez

Ilustracion de René de la Nuez

Cada nombre es, sin dudas, mucho más que un simple apelativo: es la marca de una individualidad, y claro está, seña que identifica a un ser único en el universo. Es, también, definición de algo hasta entonces innombrado y credencial de una existencia que se objetiviza al darse a conocer y ser reconocida.

Eso lo sabían muy bien los africanos arrastrados hacia esta Isla como esclavos, y aún mejor, quienes los despojaron de sus nombres y apellidos, de su identidad, para imponerles otros, los de sus amos. Y tanto era así que, según documentos de la época, las naves no cargaban hombres, sino sacos de carbón.

Pero es de imaginar el desconcierto y la confusión emocional que la tal violencia – dejar de ser lo que se es – provocaba en ellos. Como dice Nicolás Guillén en su poema «El apellido»:

¿No tengo pues

un abuelo mandinga, congo, dahomeyano?

¿Cómo se llama? ¡Oh, sí, decídmelo!

¿Andrés? ¿Francisco? ¿Amable?

¿Cómo decís Andrés en congo?

¿Cómo habéis dicho siempre

Francisco en dahomeyano?

En mandinga ¿cómo se dice Amable?

Sin embargo, designar con nombres no tradicionales, y desechar aquellos sancionados por la costumbre y la religión, sobre todo la católica, es fenómeno relativamente reciente en Cuba.

Para los antecedentes más antiguos habría que remitirse a una parte de la tripulación, fuesen judíos conversos o no, de las naos bajo el mando de Cristóbal Colón, o los que arribarían más tarde, todos amenazados por las hogueras de la Inquisición. Ellos también tuvieron que ocultar su identidad tras los nombres que adoptaron – o que en ciertos casos les colgaron – para hacer creíble su imagen de cristianos nuevos.

Obviamente, nada está tan sometido al reino de los caprichos, las veleidades, el azar y hasta lo arbitrario, como el acto de nombrar. Se trata de una operación aparentemente inocente, aunque de ella se desprenden con frecuencia las más insólitas y hasta contradictorias interpretaciones. Sin excluir a personas de nombres, para nuestro gusto, extravagantes o disparatados, porque esos nombres nos hacen descubrir la temperatura, los signos y las modas de una época en un espacio dado. Véase este brevísimo muestrario del origen de varios nombres que hube de investigar, en diciembre de 1999, en un aula de primaria de un barrio habanero:

Alina, porque en esa familia todos los nombres de las mujeres comienzan con la letra A. Laura, por tradición familiar. Hermenegilda, tomado del almanaque. Alex, personaje de una novela rusa. Siria, por el país. Dayner, vocablo inspirado en el adjetivo Deiner, tuyo, del idioma alemán, aunque la ortografía es diferente.

Cada época condiciona y designa sus nombres y cada nombre es también, implícitamente, propuesta de interpretación de esa época, porque al revelarse, la revela. Quien nombra retrata al nombrado, pero sobre todo a sí mismo, su peculiar modo de ver y designar el mundo. Moisés, Salomón, Abraham, David. No hay que añadir nada más. Ya usted sabe de quiénes estamos hablando y cuál momento de la Historia es el suyo. Del mismo modo que Ulises, Aquiles, Medea. O los Gonzalo, Rodrigo, Hernando.

Pero al referirnos a un período determinado, para precisar la evolución onomástica, dentro de una misma época, es necesario delimitar los hitos en el tiempo. En tal sentido es muy rica y profusa la experiencia cubana en las últimas cuatro décadas. Tanto que, además de la Onomástica, involucraría en su estudio disciplinas como la Lingüística, la Antropología, la Historia, la Psicología, la Estética, puesto que de gustos se trata, y también la Sociología, entre otras.

Pero el enredo de los nombres se inició con el propio de Cuba al ser descubierta por Colón, en el igualmente calificado Encuentro de dos culturas. Denominada así por los aborígenes, los conquistadores españoles sustituyeron su nombre por el de Juana , en homenaje al príncipe don Juan, primogénito de los reyes católicos. Pero después que éste falleció, unos pocos años más tarde, fue reemplazado en 1515 por el de Fernandina para halagar la vanidad del rey Fernando. Sin embargo, desde los primeros tiempos, el de Cuba se impuso y ha perdurado hasta hoy. Tal vez sea esa una de las pocas, si no la única batalla victoriosa de los indios cubanos sobre los conquistadores.

Ilustracion de René de la Nuez

Ilustracion de René de la Nuez

Para situarnos en la increíble madeja de nombres de diferentes orígenes, combinaciones y sonoridades de la actual Onomástica cubana, debemos remitirnos a los años inmediatamente anteriores a 1959.

Veamos en tal sentido dos botones de muestra resultado de nuestras pesquisas:

l) El origen y evolución de los nombres de una familia de clase media, aunque modesta, que reside en el Vedado. (Las fechas son las del nacimiento.)

  • 1925: Ana María. Se le dio ese nombre porque le gustaba a un pariente.
  • 1952: Ramón Densil, su hijo. Ramón, como su padre, y Densil es el de un príncipe inglés, personaje de una novela. El mismo año nace su esposa, a la que llamarían Lidia, por una amiga de la familia.
  • 1980: Ingrid. Hija de éstos, la llaman así por la actriz Ingrid Bergman.
  • 2002: Jennifer. Hija de Ingrid. Porque les gustaba ese nombre, aunque con frecuencia se reiteraba en los medios por la actriz Jennifer López.

2) Del registro de población de un barrio de la Habana Vieja anotamos los siguientes ejemplos:

  • 1916: Genara, 1930: Calixto. En la década de los cuarenta: Orlando, Leonardo, Hildelisa; en la de los cincuenta: Modesto, Myriam, Reynaldo.

A partir de la década de los sesenta, y particularmente de los setenta, se produce un vuelco total en la concepción onomástica de muchos cubanos. Ello se evidencia en los nombres de esta breve relación de nacidos en las últimas dos décadas, es decir, aquellos que habrán de predominar en la primera mitad del siglo XXI. Como se puede observar, la primera letra de todos es la Y. Yesen, Yanet, Yissel, Yoscel, Yandi, Yenney, Yaleisy, Yasliday, Yaradeilys, Yunia, Yaima, Yoel. Se ha producido una verdadera epidemia de esta letra, al punto que cientos de peloteros cubanos – por sólo mencionar un ejemplo – ostentan nombres que comienzan con Y.

Otros como Gretel, (la de Hänsel y, además, personaje de una telenovela), Dayana, Dayron, Gertrin, Violki, Vinaisy y Gladier (de glad, contento: seguramente reflejo de la alegría de los padres) o Dancisy (de dance easy: es decir, vástago de una pareja con facilidad para el baile), o Meibi, quizás en inglés, aunque la grafía está españolizada. O Darling, querida también en inglés. O el superoptimismo del padre que nombra a su hija Dayesi, es decir, Sí en los idiomas ruso, inglés y español.

¿Por qué esos nombres? A no dudarlo, se trata de una moda. Y como moda al fin, el mimetismo y la repetición se multiplican al infinito, hasta que nuevas circunstancias propicien y estimulen la aparición de bloques de nombres con otro origen o motivación.

Los antes relacionados sonaban extraños al principio, tenían entonces, en la década de los setenta, un aire exótico. Había un vuelo, una expansión en las ideas de familias que ya poseían del mundo un marco de referencia mucho más amplio. Igualmente manifestaban la muy humana y explicable intención de diferenciarse, de ser originales, de que el nombre distinguiera al hijo o a la hija en una sociedad fuertemente influenciada por referentes colectivos.

Por supuesto que se han mantenido nombres comunes y habituales en el pasado en Cuba. Es el caso de las Mercedes, Regla, Caridad, Bárbara, Lázaro o Lázara y otros. En ellos se fusionaban algunos nombres del santoral católico y los de santos arraigados en la creencia popular, como San Lázaro (Babalú Ayé) o los de los orishas que conforman la llamada Regla de Ocha o Santería. Una vez más, el mestizaje religioso amalgamándose en el mestizaje cultural del país. En este sentido, se debe destacar que todo aquel o aquella que nazca el 8 de septiembre o el 4 de diciembre, o alrededor de esas fechas, llevarán como primer o segundo apelativo el de Caridad, por la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, o Bárbara/Bárbaro equivalente en el santoral católico a Changó.

Conservan toda su fuerza los nombres llegados a la Isla desde España: los José, Antonio, Francisco, Manuel, Miguel, Ramón o las Josefa, María, Ana, Ramona, etc.

Habría que estudiar los orígenes y las causas que condujeron a miles y miles de personas a precipitar una avalancha tal de nombres transgresores que, sin lugar a dudas, inauguran una época y clausuran otra en la continuidad onomástica del país.

Claramente, la vuelta al revés de los apelativos es consecuencia del huracán político, social y económico que representó la revolución. Estallaron los diques que habían preservado el status quo del ancien régime y los nombres, de alguna manera, también eran reflejo de las complejidades y contradicciones en el modo de pensar y de vivir de sus ciudadanos.

Al asumir la sociedad nuevos íconos y nombres nuevos, se borraban o sustituían valores y costumbres hasta entonces legitimados por la tradición. Es verdad que algunos de esos valores y creencias fueron retomados nuevamente en el curso de los noventa, durante el llamado período especial, más de una década de limitaciones muy agudas en la vida del país.

Pero a comienzos de la Revolución surge, espontánea, y se estrena, esa iconografía popular. En muchos hogares compartirían espacios en las paredes, junto a un altar o una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, del Sagrado Corazón de Jesús o de Santa Bárbara, un retrato de Fidel Castro o de Camilo Cienfuegos.

El mismo mecanismo psicológico y las motivaciones que movían a los creyentes en ese sentido se los aplicaban a los recién nacidos a quienes pusieron por nombre Fidel o Alejandro (su nombre de guerra), o Raúl, o Deborah (nombre de guerra de Vilma Espín).

A partir de la muerte de Che Guevara en Bolivia, se multiplicarían los Ernesto. Incluso hubo padres que denominaron así mismo, Che, a sus hijos. Mientras otros les pondrían a sus hijas Tania, por Tamara Bunke, única mujer integrante de esa guerrilla. Sin duda, era más que evidente que se estaba renovando el legado onomástico de la Isla.

Con el de Granma (apócope de abuela en inglés), estaba registrado en Tuxpan el yate que zarpó de México con ochenta y dos hombres para enfrentar a Batista. Al ser consagrado por la historia, hoy, además, Granma es el periódico oficial, una provincia y buen número de instituciones del país.

Ilustracion de René de la Nuez

Ilustracion de René de la Nuez

La dinámica de los acontecimientos grabó con visibles huellas las conciencias y el espíritu de buena parte de los ciudadanos. En lo adelante se abolirían las fronteras y en cuanto a nombres, cualquiera era posible. Ello prefiguraba la siguiente etapa, indudablemente la más espectacular en cuanto a Onomástica.

Si antes se producía la apropiación de los nombres de famosas actrices y de actores de cine, cuando proliferaban (y aún proliferan) las Greta, las Marilyn, las Marlene (por la Dietrich) o los Alain (por Delon), ahora aparecen los Maikel (por Jackson), las Romi o las Sissi, los Andy, los Marlon, los Kevin, las Jessica o Yesica, los Elvis, las Camila, por Camilo Cienfuegos y por

el personaje de una película argentina de mucho éxito exhibida en Cuba; y hay hasta quien le puso a su hijo Waltdisney.

Nombrar en estos tiempos ha perdido su antigua jerarquía religiosa, social y hasta estética. Nada queda de aquellos nombres a los que otorgaban poderes mágicos u otros atributos humanos o de la naturaleza, y hasta disminuyen los más comúnmente conocidos. Se ha abolido la solemnidad del acto ritual de nombrar. Así que, tal vez, se trata de otra de las veleidades propias de tiempos de extravíos y desconcierto.

Se toman los nombres de lugares, mecanismos y objetos, como le ocurrió a un marinero, tan obsesionado con su oficio, que denominó Popa y Propela a sus dos hijas. O hasta lujos para reproducirlos en los vástagos de las nuevas generaciones. Así oye usted de padres que llaman Roiser a su hijo porque ignoran cómo se escribe Rolls Royce, o Aurica (por la marca de una lavadora rusa) o Kelvin (por el refrigerador Kelvinator) o Talcomavis o Myrurgia, que es una marca de perfumes y artículos de tocador, Ruberlandis (inspirado en Rubberland, una marca de llantas de avión), sin olvidar los Estereo, los Hitachi y los Sony y hasta X, un conocido músico.

De alguna manera emulan en el tiempo, aunque con más de cuarenta años de diferencia, con aquellos que bautizaban a la prole, sobre todo en las zonas rurales, con apelativos como Norge, igual que el refrigerador, Usnavy o Santoral al dorso, según los almanaques de la época, sustituidos ahora por Efemérides.

Ilustracion de René de la Nuez

Ilustracion de René de la Nuez

En esa fiebre de nombres que llaman la atención, ha desempeñado un significativo papel el protagonismo internacional del país. A la furia de nombres anglosajones que persistían en el pasado y aún se aplican, como Johnny, Frank, Eddy, Jimmy y otros, venían a superponerse, respaldados por la política, la ideología, las coyunturas, la moda y por los numerosos enlaces entre cubanos y rusas, los Lenin y Ninel (el nombre del lider soviético al revés), Stalin, Malinowski, Gorbachov, Alla, Aliuska, Katiuska, Pavel, Mijail, Natacha, Vladia, Yasnaia (de Yasnaia Poliana, la finca de León Tolstoi), Vania (diminutivo de Vladimir aunque en Cuba lo llevan algunas mujeres). Y no es para asombrarse que un padre le pusiera por nombre Mismel a un hijo y que después desentrañara el acertijo diciendo que debía traducirse así: Mis ideas son las de Marx, Engels y Lenin. ¿Y qué decir de otro padre que nombró Marxlenin a una hija? Pero lo que nunca pudo imaginar un conocedor de la Onomástica fue la síntesis de marxismo con santería y con catolicismo que consiguieron dos señoras al nombrar a sus hijos, Lenin de la Caridad y Vladimir Jesús.

O los de procedencia árabe: Ahmed, Soraya, Hassan, Omar, Yamel, Abdiel, Yadira. En este y otros casos la referencia inmediata habría que buscarla en la frecuencia con que se difundían esos nombres por los medios masivos.

O los de personalidades relacionadas con la política como Jacqueline (Kennedy y, después, Onassis), Patricio (por Lumumba), Indira (Gandhi), Nelson (Mandela), Yasser (Arafat), Amílcar (Cabral), Van Troi, como el combatiente vietnamita, Hoari (Boumedienne).

Y también comenzaron los apelativos de países y ciudades, que venían a sumarse a aquellos que llevaban los de continentes como América y Asia. Entre otros, Luanda, capital de Angola, Kenia, Hanoi, París, Nairobi, Odesa, Sotchi, Quisqueya.

Pero igualmente se inventan algunos, asombrosos por su refinado rebuscamiento o del más exquisito kitsch. Todo ello daría a luz joyas para guardar en un museo de la Onomástica como Quovadis, Arrebato, Emerjo, Geyser, Maisix (porque nació el 6 de mayo), o Proletario (porque nació el Primero de mayo), Onedollar (un dólar), Maidol (mi muñeca), Alien (por el film), Danger. Razón más que suficiente para que los sacerdotes católicos se negaran a bautizar a niños cuyos nombres tildan de nada cristianos.

Dificílmente hay en el mundo otro país que como Cuba exponga apelativos tan imaginativos que son inimaginables y que seguramente deleitarían al más delirante surrealista. A alguien lo perjudicaron para siempre al nombrarlo Otitis, que nadie ignora es una inflamación del oído. Yunilistracsil, es uno de los nombres que recogimos y de cuyo origen no pudieron darnos razón. Lanoiger es Regional al revés, al igual que Onailimixam, más conocido por Oni, que también es Maximiliano al revés. Amén, Ipsofacto, Tránsito, Abril, Onan, Herodia (probablemente en homenaje a Herodes), Demencio y Orfelina. O si no Dunia y Loreta (nombres de muñecas en los años setenta).

Pero no cabe dudas de que uno de los más originales aportes es el de los apelativos conformados por sílabas o letras de los nombres de los progenitores. Obviamente, se trata de una exacerbación del ego de los padres, como si la unificación de las letras que crea un nuevo nombre le otorgara al hijo los atributos de ambos –como sus semillas y sus sangres– y en el nuevo apelativo se sustanciaran mágicamente sus virtudes. En esa química de las letras también se manifiesta, de modo singular, el abarcador mestizaje de la vida cubana, y aún más, se revela el peso de la mujer en la vida del país, su equiparación con el hombre, a pesar de las muestras de machismo bien presentes aún, y se hace plena la exposición de un discurso latente, hasta ahora oculto.

Otros nombres desconcertantes: Yanisé (de ya ni sé), Dalmiholevic por Dalmiro, el padre, Holeida, la madre y Víctor, el abuelo; Liudmilaivela, por Liudmila, la madre y Vela, apellido del padre. O los jimaguas Raod y Ralys, hijos de Raúl y Odalys, Elimoy, de Elisa y Moisés, Igneida, de Ignacio y Nereida, Juyma, de Juan y María, y Linoel, de Lino y Elena. Y Josone, parque de la playa de Varadero así llamado por José, quien fuera su propietario, y Oneida, su mujer.

Ilustracion de René de la Nuez

Ilustracion de René de la Nuez

En la actualidad se están produciendo varios hechos interesantes como la notoria apropiación de nombres tomados de las telenovelas, que como es sabido, se trata de todo un fenómeno cultural en la Isla. En la noche, es sagrada la hora en que se transmiten, tanto las brasileñas, como las cubanas. Hombres y mujeres se entregan y viven con pasión los conflictos de Christian, Flavia, Sebastián, y otros, a tal punto, que luego estos nombres vendrán a enriquecer el inventario de la Onomástica criolla.

También llama la atención que nombres como algunos de los antes señalados, demasiado originales y hasta extravagantes para cualquier mentalidad conservadora en este campo, van cediendo terreno a otros tradicionales, pero «elegantes», como Claudia, Daniela, Andrea, Carolina, y sus correspondientes masculinos.

A todo esto hay que añadir la evidencia de un neo-barroco al observar que muchas personas, no satisfechas con darles un nombre a sus hijos, prefieren ponerles dos, y ya coexisten no sólo con los arriba mencionados por la nueva moda, los dobles nombres como Juan Carlos, José Omar, Carlos Alberto, José Luis, Ernesto Juan, Jorge Ignacio, por sólo mencionar algunos ejemplos. Es evidente también la tendencia a volver a los nombres tradicionales, comunes en el pasado.

Aunque es imposible hacer un pronóstico en cuanto a aquellos que prevalecerán en un próximo futuro en la Isla, sí es previsible que continuará manifestándose ese mestizaje que, como hemos visto, tiene los más diversos orígenes, motivaciones y procedencias. La azarosa historia de la Onomástica en el país así lo evidencia. En el ajiaco étnico y cultural, como gustaba calificar don Fernando Ortiz el mestizaje de toda índole, se integra la extensa, original y muy diversa riqueza onomástica de la Isla.

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