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BARTLE – Los Canadienses en Cuba

Revista “Revolución y Cultura” No. 4 2004

Jaime Sarusky

Seguramente a los lectores canadienses y norteamericanos de la Cuba Review, debió resultarles muy atractivo el panorama que describía de la colonia que se iba conformando en Bartle, a unos seiscientos kilómetros, aproximadamente, al este de La Habana.

El corresponsal de esa publicación narraba en distintos números de 1906 y 1908, que cuando alguien se acercaba en los trenes de la Cuba Company, ese poblado ofrecía fino aspecto. Si el tren circulaba rumbo al oeste, a mano derecha se podía observar la espaciosa casa de Bull –el jefe de ese asentamiento–, tan confortable y hermosa como las que puedan encontrarse en los Estados Unidos o en cualquier parte.

La mansión donde residía Duncan Ontario Bull, jefe de la colonia

La mansión donde residía Duncan Ontario Bull, jefe de la colonia

Una de las atracciones era el jardín de míster Bunbury, quien fuera administrador del correo: una estación agrícola experimental en miniatura que, a pesar de considerables dificultades y gastos, conservó valiosas plantas y arbustos de diferentes partes del mundo, las plantó en su jardín y, a la vez, anotaba cuidadosamente como iban creciendo. Todas las de su colección lucían primorosamente porque, decía, era una labor de amor, y el propio Bunbury pudo comprobar que muchas plantas valiosas habrían de crecer fácilmente en Cuba.

Y como era grata la impresión que estaba transmitiendo el sutil comunicador sobre esa colonia, el lector curioso ya empezaba a interesarse en el tema.

Después afirmaba que en los alrededores de la casa de Bull la tierra estaba limpia y, además, se podía contemplar un parque que contribuiría a hacer de esa sección uno de los sitios dignos de atención en la línea del ferrocarril y estimularía el desarrollo en toda la colonia.

A mano izquierda comenzaba el pueblo propiamente dicho, y mencionaba los aportes de una sociedad urbana, civilizada, digna de ser considerada como posible destino para cualquier individuo ávido del clima y las delicias del trópico.

Allí se hallaba el pequeño aserradero que con el tiempo se convirtió en una gran fábrica de envases de madera para fideos, dulce de guayaba, tabaco, jabón, bebidas. Y en el entorno, aunque afirma que una tienda, en realidad eran varias; muchas casas en los cuatro puntos cardinales, cómodas, bien construidas y sustanciales; una escuela y una panadería. La carne y el hielo se transportaban desde Camagüey. Las tiendas abastecían las demás necesidades.

Creció tanto que indistintamente se le decía aserrío, aserradero y fábrica. Era el más grande de la isla y llegó a emplear a más trescientos trabajadores cubanos. En algunos momentos se alcanzó a aserrar diez mil pies de madera; estimuló la construcción de casas y elementos constructivos para las mismas. También se fabricaban cajas. Se podía decir que en el pueblo casi todo el mundo era carpintero; con frecuencia llegaban de la capital técnicos en el arte de aserrar.

En aquellos tiempos se tenían razones para suponer que la madera que se empleó en la construcción del Capitolio de La Habana se elaboró allí. Su propietario hasta 1927 fue Edward Wahtall, un norteamericano. Después lo adquirieron, sucesivamente, tres compañías cubanas.

Además de ser la principal fuente de trabajo de la zona, el aserradero generó, por primera vez en el pueblo, luz eléctrica. Hasta entonces los vecinos se alumbraban con carburo. En la práctica era el centro económico y hasta social de Bartle, pues se dependía de él en muchos sentidos, como, por ejemplo, la lavandería, las fondas, la barbería y otros comercios. Gracias a su planta se iluminaron algunas calles con focos de una luz tristona, pero luz al fin. Si alguien encendía un bombillo se apagaban los otros.

El pueblo tuvo otro aserradero, aunque más pequeño, que fabricaba cabos de herramientas que abastecían al mercado cubano de hachas, picos, martillos. La primera propietaria fue la Cuban Realty Co. Ltd., pero en 1908 pasó a manos de Jess Crosby, quien partió en 1954 y le entregó el negocio al yerno. Esa fábrica todavía sigue produciendo.

Habría que añadir que un hotel con varias habitaciones satisfacía los necesarios requerimientos. Sin embargo, otro hotel, cerca de la estación de ferrocarril, propiedad del doctor Preston, de Utica, Nueva York, estaba casi a punto de ser inaugurado. Se trataba de un edificio de tres pisos, de piedra, con baños, luz eléctrica y con las comodidades de las instalaciones sanitarias.

Se informaba en la revista que los amplios campos tendrían entre seis y ocho acres, mantendrían un orden preciso y los adornarían toda clase de plantas. Pero, además, el doctor Preston, quien había adquirido otros sesenta acres, plantaría pasto, criaría vacas y otro tipo de ganado, y cultivaría frutas y vegetales para el consumo en su hotel.

Señalaba entonces el autor de esas líneas que no se le podía encontrar fallo alguno a la proposición de Bartle; la tierra era innegablemente buena y la locación conveniente; el agua se alcanzaba con facilidad en pozos a una profundidad de cuarenta o cuarenta y cinco pies, estaba impregnada con magnesia y los residentes la bebían libremente, con benéficos resultados.

El objetivo de la Cuba Company, la compañía ferrocarrilera que promovió y participó en la fundación de la colonia, era construir un central azucarero al sur de Bartle, en la zona parcelada en lotes y bloques, que sería el central Macagua. Sin embargo, parte de la misma no la tocaron ya que era puro monte y pretendían dedicarla a la siembra de caña. En definitiva, abandonaron el proyecto, ya que todo parecía indicar que había escasez o carencia de agua, sin ríos que la regaran pues eran de corta extensión o simplemente arroyos.

Por otra parte, se informaba que el señor Cameron Jonson, su señora y el bebé, casi recién nacido, fueron los primeros que dejaron el pueblo para radicarse en el bosque y desarrollar su tierra. Los veintiséis acres que adquirieron estaban limpios y aptos para ser explotados. Además de plantar muchos árboles de cítricos iban a emprender la cría de ganado.

Y el periodista afirmaba bíblicamente:

–Esa tierra rendirá en abundancia.

La Cuban Review despertaba la posible ambición del lector afirmando que la caña de azúcar se reproduce durante muchos años sin necesidad de ser plantada nuevamente. Con muy poca atención, un lote de cuarenta acres, vendido entre $25.00 y $50.00 el acre, le rendirá al propietario una entrada segura durante muchos años y le permitirá explotar otros cultivos como la piña, la toronja y la naranja, que muchos granjeros ya estaban plantando y que les darían grandes beneficios.

Explicaba que, aunque la mayoría de los residentes estaban en Bartle sólo unos meses, si lo que ya se había conseguido en la evidencia que se observaba de la conformación de los edificios, en la limpia y plantación de las tierras, era un criterio para dirigirse hacia allá, Bartle sería una colonia estandarte…

Uno sólo podía maravillarse de la energía desplegada hasta ese momento, que había resultado en tan espléndida muestra de progreso.

Pero el minucioso narrador no se refiere a El Palatino, quizás uno de los centros más activos de la vida social del poblado que no se caracterizaba por la pobreza, aunque tampoco por la opulencia. Tuvo buenos momentos con algunos comercios grandes: tiendas de ropa, de víveres, peleterías, fondas en cada esquina, bares, cafés, billares.

El Palatino era un lugar próximo a la estación del ferrocarril, hospedaje con doce habitaciones y muchos visitantes, música y comida, y muchachas cubanas que, al igual que los hombres, eran de otros pueblos. Como de otros pueblos de Cataluña eran Castell, el propietario de El Palatino, y de España los comerciantes minoristas establecidos en Bartle.

Esa colonia de canadienses convertidos en granjeros en Cuba se fundó en 1902 y era su jefe William Perkins Bull, presidente de la Cuban Realty Company, una compañía norteamericana.

Los propietarios del lugar, conocido como hato o hacienda Rompe, Federico Salvador Arias y Ramón Arias Izquierdo, le vendieron parte de sus tierras a esa compañía, la cual parceló, dividió en lotes, y en treinta y cinco bloques, los remanentes de la hacienda. Cada bloque constaba de veinticuatro lotes de unos cuarenta acres.

Según José Quesada, historiador de Bartle, la empresa se proponía el fomento de esas tierras para luego vendérselas, sobre todo, a colonos de Norteamérica.

En junio de 1905 se legaliza la operación de compra-venta de parte de esa finca y comienza la adquisición de las parcelas.

Bartle pertenecía entonces a la provincia de Camagüey, pero en 1912 se transfirió su jurisdicción a la de Victoria de las Tunas, cuando a esa ciudad se le otorgó el status de municipio.

William Perkins Bull era el representante y secretario de la compañía, y su hermano Duncan Ontario Bull, apoderado de la misma, también asumió la promoción y venta de terrenos en el exterior.

Charles Ross, otro canadiense, adquirió ciento dos caballerías de tierra que después vendió paulatinamente. Once familias le compraron, pero no les fue bien en los negocios.

Young, su hijo Stanley, y Alan, el nieto, que nació en Cuba y se casó con una cubana, compraron y vendieron lotes y parcelas de tierra. A la vez, ellos y Ross fueron los primeros en llevar el ganado a la zona.

Comenzaron a arribar los futuros colonos, y de cada cuatro, tres eran oriundos de Canadá, sobre todo de la provincia de Ontario, y uno de los Estados Unidos. Quizás esto aclara el porqué del segundo nombre, Ontario, de Duncan Ontario Bull.

Los candidatos a colonizar Bartle abordaban en Canadá el barco que navegaba hasta el puerto de Nuevitas. Luego se dirigían en tren a Camagüey y posteriormente a Bartle, también por ferrocarril.

Aunque los cálculos son conservadores, en los archivos del pueblo aparecen registrados ciento un nombres y apellidos de los jefes de familias canadienses. Tal es la evidencia en los contratos de compra-venta de los lotes de tierra, y se observa que casi nunca constaban nombres femeninos, excepto dos o tres que se reiteran en algunos documentos.

Quesada avanza la hipótesis de que si a cada persona cuyo nombre aparece en el registro lo acompañaban, por lo menos, dos familiares, serían alrededor de trescientos los inmigrantes que se asentaron sólo en Bartle. Sin embargo, argumenta, a juzgar por el tamaño de muchas de las casas de esa época en el poblado, no se justificaba que un hombre soltero habitara una casa grande, con cuatro habitaciones dormitorios. En Bartle, no pocas eran mansiones o moradas amplias, espaciosas.

Un jamaicano, que se dedicaba a contratar fuerza de trabajo en la propia Jamaica y en las islas del Caribe para que realizaran en Cuba labores en la agricultura, le contó a Quesada que su padre trabajaba con la familia Bull, y que él nació el mismo día que Bartle Bull, hijo de William Perkins Bull.

Estacion de Tren Bartle

Estacion de Tren Bartle

Cuando se fue a construir la estación del ferrocarril, Enriqueta Bull, su mujer, que estaba en estado, la inauguró simbólicamente lanzando las primeras paletadas de cemento.

Mientras tanto, una casilla de ferrocarril hacía las veces de estación provisional. Luego, Enriqueta se fue a Canadá, donde según el jamaicano dio a luz, y cuando regresó en febrero de 1903, se inauguró la estación y con ella el cartel que llevaba el nombre del hijo, y así se denominó al pueblo: Bartle.

Casilla utilizada como estación en Bartle

Una casilla ferroviaria sirvió como Estación de Ferrocarril provisional mientras se construìa la definitiva

Su nombre completo era Bartle Brennen Bull, y firmaba Bartle B.Bull.

Las tierras del asentamiento tenían, aproximadamente, quinientas quince caballerías. Las parcelaron y se las vendieron a los colonos, sobre todo las más próximas al pueblo.

Aunque ya se aplicaba en aquellos tiempos, fueron los canadienses Young y Richard B. Sargent quienes introdujeron el regadío en ese asentamiento. En casi todas las fincas hicieron pozos.

Y como casi todo era nuevo, introdujeron igualmente la caña de azúcar, la ganadería y la horticultura en los campos cercanos a Bartle. Sus productos los embarcaban en el tren y se comercializaban en los mercados de Camagüey.

La zona urbana comprendía once calles paralelas y seis transversales a las que denominaron: Bird, Ontario, Perkins, Flushing, St. John, Bearman, entre otras, que como se puede corroborar, son los apellidos de algunos de los colonos que residían en el lugar. Cuarenta y cuatro manzanas, todas según el plano original.

Los canadienses y los norteamericanos compraban parcelas de cinco, diez y hasta veinte acres. Muy pocos explotaron extensiones mayores.

Obviamente, no eran personas acomodadas, sino gente que intentaba hacer fortuna, mantener un nivel de vida más holgado que en Canadá y en los Estados Unidos, lejos y a buen resguardo del frío excesivo.

Compraron parcelas equivalentes a sesenta centavos la caballería de tierra, prácticamente regaladas.

Se decía que Duncan Ontario Bull era experto en hacer propaganda; que atraía a la gente anunciando a Cuba como un paraíso tropical. Sin embargo, el entorno de Bartle era monte virgen, una zona completamente despoblada.

Desde que arribaron, los canadienses se dedicaron al cultivo de los cítricos, sobre todo toronjas, que exportaban a los Estados Unidos.

En el aserradero se construían las cajas de madera para envasarlos, que igualmente utilizaban en Omaja y en Las Tunas otras compañías norteamericanas que también los cultivaban. Se exportaban por la bahía de Nipe, donde fondeaban embarcaciones que los transportaban sobre todo a Nueva York.

Pero el inicio de la historia de Bartle se retrotrae, además, a abril de 1900, cuando se hubo de constituir la Cuba Company del canadiense William Van Horne, presidente de la compañía ferrocarrilera Canadian Pacific.

La Cuba Company construyó el ferrocarril de la región oriental del país y la Cuban Realty Co. Limited, de Bartle, era una subsidiaria de la misma.

En su obra Caminos para el azúcar, sus autores, Oscar Zanetti y Alejandro García, explican que una comisión de expertos de la Canadian Pacific visitó Cuba «para evaluar los recursos naturales de las regiones atravesadas por la línea en proyecto para conciliar el interés económico con los criterios técnicos en los detalles del trazado. […]» Muchos propietarios de tierra en distintas zonas por donde circularía el ferrocarril cedieron sus terrenos gratuitamente o aceptando una reducida indemnización.

Y añadían: «Las tierras así adquiridas garantizaban a la Cuba Company largas fajas para el tendido de sus líneas, así como lotes apropiados para el desarrollo de nuevos poblados y hasta para el fomento de extensas explotaciones agrícolas». Los primeros trenes que circularon por el ferrocarril central lo hacían por regiones vírgenes, despobladas.

Los autores precisan que esa compañía ferrocarrilera calorizó el asentamiento de granjeros norteamericanos –y canadienses, añadiríamos nosotros– «en diversos puntos de las provincias orientales y promovió ella misma algunas de estas colonias en sus tierras –en Bartle y Omaja, por ejemplo–…»

Salvo unas pocas excepciones, no hubo mezcla de cubanos con canadienses, indicio de que estos llegaban con sus familias, lo que explica que construyeran casas de cuatro, cinco y hasta más piezas.

Sí se mezclaron los descendientes de George Washington Young, quien llegó a la isla con su esposa canadiense. El hijo también se casó con una canadiense, pero los nietos lo hicieron con cubanas. De aquella colonia, fue la familia que permaneció más tiempo en el país.

Otro Young, Sydney, y su esposa, Sara Jane Young, vivieron en Bartle hasta los años setenta del pasado siglo.

Los colonos adquirían la tierra, pero echar abajo los montes, preparar el terreno, sembrar, cultivar y cosechar los cítricos, eran labores que realizaban, sobre todo, los jamaicanos que emigraron a Cuba a principios del siglo veinte. En la zona de Bartle llegaron a concentrarse unos trescientos, aunque entre ellos eran contadas las mujeres. En el 2001 falleció la última.

Una de las iglesias de Bartle compartía el espacio con la escuela

Una de las iglesias de Bartle compartía el espacio con la escuela

Vivían en barracones sobre pilotes de madera, bastante altos y con techo de zinc. Acudían a la iglesia de los Adventistas del Séptimo Día, mientras que los canadienses y los norteamericanos asistían a los cultos de la iglesia Presbiteriana y la Episcopal. Cuando llegaron los españoles, montaron una capilla católica en una casa particular.

Además de los canadienses, estadounidenses y jamaicanos, allí se asentaron algunos españoles, un danés, una familia guatemalteca y dos peruanas, ingleses, y caribeños de Barbados, San Vicente y Trinidad, que atendían los cítricos como los jamaicanos.

En 1910 se fundó el Colegio Adventista que tenía varias instalaciones donde estudiaban alumnos de Panamá, Puerto Rico, Jamaica y las Antillas Menores.

Como era un plantel privado, los familiares de cada alumno sufragaban los gastos por la enseñanza y otros servicios. Tenía un área de terreno donde el estudio se complementaba con el trabajo.

En 1939 todavía se impartía la enseñanza. Fue la institución de educación de más prestigio del pueblo. Poseía, igualmente, tejares, fábricas de encurtidos y vaquería.

A cuarenta kilómetros al norte se empezó a construir en aquellos tiempos el central Manatí. Entonces el trayecto había que hacerlo a caballo.

Quien viajaba por tren a Bartle llegaba a las dos de la tarde, tenía que hacer noche y en la madrugada tomar rumbo a Manatí. Entonces le alquilaban caballos a los viajeros.

Por esa razón se construyeron hoteles y algunas fondas alrededor de la estación de ferrocarril. La casita criolla era una de ellas. Sin embargo, La casa amarilla era una ferretería. Otra tienda era Simon & Walls.

Como en Bartle no había funeraria, los velorios tenían lugar en las casas.

La primera tumba que inauguró el cementerio fue la de Jenny Young, hija de George Washington Young en 1906. Esa señorita murió de fiebres, probablemente de paludismo, como muchos otros en aquellos tiempos.

Cuando fallecía un jamaicano lo inhumaban, pero le pasaban por encima la tierra sin identificar la tumba, de modo que no se sabía donde estaban sepultados.

La época de esplendor del asentamiento se alcanzó, sobre todo, entre 1909 y 1911. Creció, llegaron más inmigrantes. Pero fue en 1914 que se logró cosechar medio millón de unidades de cítricos. La empresa de Bull se encargaba de su exportación.

Las frutas se procesaban en las llamadas packing house o casas de envase o envasadoras. Después las exportaban hacia puertos de Canadá y de los Estados Unidos, sobre todo a Nueva York.

Todo parece indicar que el negocio fracasó a causa de la competencia de los cosecheros de cítricos de California y de la Florida. Presionaron al Secretario de Agricultura norteamericano, quien dictó medidas proteccionistas, como, por ejemplo, recargar los aranceles a los cítricos procedentes de Cuba. Así, a los frutos de Bartle, entre otros, les fue imposible competir con los cosechados en los Estados Unidos.

A partir de ahí comienza la declinación de la colonia.

Los norteamericanos y canadienses arraigados en Cuba no poseían suficiente poder político o financiero para enfrentar con éxito los retos de poderosos consorcios y granjeros.

La extensión de sus tierras en Bartle apenas iba más allá de los cuarenta acres.

Paulatinamente se inició el éxodo, emprendieron el retorno a Canadá y a los Estados Unidos. Les confiaron sus casas, de madera y zinc, y sus lotes de tierra, a los jamaicanos, con el f in de que las vendieran.

En unos pocos años, de un presente activo, Bartle se convirtió en otra cosa, y los cambios alteraron su vida rutinaria.

Después del auge entre 1909 y 1911 hubo cierta estabilidad y luego se produjo la caída que coincidió con la llamada Chambelona, revuelta del partido Liberal contra el gobierno conservador del presidente Mario García Menocal, que pretendía reelegirse en el cargo.

Bartle fue ocupada, hubo saqueos en el poblado, los sediciosos no agredieron ni maltrataron a los extranjeros ni perjudicaron sus intereses. Pero quemaron la estación y el puente del ferrocarril. Saquearon el comercio español, aunque los intereses canadienses o norteamericanos no los tocaron.

Muchos se preguntaban por qué se ensañaron con los negocios de los españoles. ¿Acaso porque éstos apoyaban a Menocal?

Porque si los liberales pretendían, como en otras oportunidades, cuando se veían perdidos en unas elecciones, que se produjera una intervención militar de los Estados Unidos, habrían atacado a los norteamericanos, no a los españoles.

El arribo de los cubanos a Bartle tiene lugar en 1911, cuando llega la familia Tamayo. Desde ese momento trabajaron también con los colonos de diferentes nacionalidades asentados allí. Actualmente son cientos en el pueblo. Al parecer, por sus rasgos y el perfil, descienden de los aborígenes cubanos.

La vida de los ciudadanos de Bartle empezaba a mezclarse y a fundirse al punto que parecía que se establecieron en aquel lugar desde tiempos remotos.

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