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De Sobresalto en Sobresalto – Los haitianos en Cuba

Revista “Revolución y Cultura” No. 1 2004

A comienzos de los setenta, andábamos el fotógrafo Gilberto Ante y yo realizando varios reportajes en Santiago de Cuba y sus alrededores, cuando encontramos a protagonistas y testigos excepcionales de lo que fuera la vida cotidiana de los haitianos en colonias de caña y en cafetales de la provincia de Oriente.

Con uno de ellos, al que llamaremos Nando, establecimos contacto en Barrancas, caserío y colonia de caña próxima al central «Dos Ríos»; y éste , a su vez, nos presentó en ese ingenio a un carretero que desde viejos tiempos había tenido vívidas experiencias en el trasiego y contrabando de haitianos, pero en territorio cubano. Otro amigo de éstos, bien informado sobre el tema, se sumó al grupo. Acordamos entonces realizar la entrevista, y ningún sitio y momento más adecuado que la trastienda de una bodega en el batey de aquella industria del azúcar, sentados a la caída de la tarde, bajo la luz triste de una bombilla polvorienta, ante una mesa donde reposaban la grabadora, varios vasos y una botella de ron Paticruzao. Sin dudas, sería un buen estímulo para abordar –o por lo menos evitar inhibirse ante– algunos asuntos escabrosos que serían tratados en el curso de la conversación.

Me parecía que las historias que contaban eran de tal riqueza humana y social que sólo cesaría el diálogo bien entrada la madrugada. Hoy, transcurridos treinta años, sigo pensando que estos testimonios merecían ser registrados para que la memoria de aquellos tiempos de borrascas y humillaciones no quede atrapada, una vez más, en la tela de araña del olvido. Así pues, a este texto seguirán otros que narran las tan diversas y a veces inesperadas, insólitas, dramáticas circunstancias, de la que fuera entonces primera oleada y presencia de los haitianos en Cuba durante el siglo XX.


Braceros haitianos

La inmigración de miles y miles de braceros haitianos y jamaicanos –es decir, mano de obra barata en Cuba–, en las primeras décadas del siglo xx, está estrechamente vinculada a las inversiones y expansión de la industria azucarera del país por parte de empresas norteamericanas.

En 1917, durante el gobierno de Mario García Menocal, se sancionó una ley que autorizaba «toda inmigración de braceros o trabajadores» hasta dos años después de terminada la guerra mundial que se estaba librando.

No obstante, la realidad se encargaba de imponer su propia ley, diferente, por no decir opuesta, a los designios de quienes la impulsaron. Se corroboraba, por ejemplo, que al concluir 1921, habían entrado al territorio cubano más de ciento cincuenta mil haitianos y jamaicanos. Éstos aceptaban recibir jornales de miseria que desplazaban a los nativos, un modo efectivo de envilecer los salarios, agudizando las precarias condiciones en que se vivía en las zonas rurales del país.

Reclutaban braceros en Haití

De Cuba partían en las primeras décadas del siglo xx rumbo a Haití, agentes, también llamados guinchos, a reclutar braceros para cortar caña durante la zafra o para la cosecha de café.

La primera condición: debían ser fuer tes y jovencitos. Los enganchadores o guinchos: blancos, negros, mulatos, tenían negocios con los propietarios de colonias de caña o de cafetales y también con hacendados. Así se iniciaban las emigraciones, término que usaban para ese tráfico humano. Tales agentes –también llamados contratistas en esa época– se dirigían a Haití a «escoger la mercancía» y los seleccionaban en diferentes puertos.

Algunas redes, explicaba Nando, uno de los testimoniantes, compuestas por tres o cuatro agentes, ya en contacto directo, traían sus grupos, al igual que pasajeros y carga en las naves de distintas empresas cubanas y de otras procedencias.

En cada viaje las embarcaciones transportaban cientos de braceros. El número estaba sujeto al tamaño de las mismas y en correspondencia con el pedido que hacían los propietarios de colonias de caña y los hacendados. Ese tráfico humano estaba controlado por el agente o guincho, algunos directamente al servicio de aquéllos.

Si a partir de 1959 se tuvieron que movilizar unos doce mil voluntarios, no sería exagerado calcular que por lo menos diez mil braceros procedentes de Haití y de los cañaverales cubanos en tiempo muerto, participaban en la cosecha cafetalera. En las regiones montañosas y aisladas, en San Bernardo y Reisú, y en Ramón de Guaninao y Filé, se veían muchos más haitianos que cubanos. Lo invertido en el pasaje, cinco dólares o pesos, y otros gastos, se les descontaba de su trabajo cortando caña. No obstante, el jornal en las zonas cafetaleras, las lomas de Yateras, Imías, Guantánamo y Baracoa, se pagaba en dólares.

No todos venían enganchados como braceros, ya que los hubo que pagaban su pasaje. Venían a Cuba al encuentro con los familiares que habían permanecido aquí y tenían algún modo de vida. Inclusive, dentro del contrabando se habían infiltrado jóvenes cuyas familias disponían de algunos recursos y tenían relaciones con los guinchos.

A los braceros no se les adjudicaba un nombre en particular como ocurría durante la trata, cuando al referirse a los esclavos traídos de Africa, enmascaraban a veces el hecho usando términos como piezas de ébano o carbón.

En Cuba se gana mucha plata

–En Cuba se gana mucha plata –así les decían– y allá estarán mucho mejor que en su tierra, donde no les garantizan un trabajo estable.

El precio de un haitiano

–¿Cuál era el precio de un haitiano, cuánto se pagaba?

–Por lo general compraban lotes de diez o doce haitianos a quince pesos per capita.

Cortar caña y recoger café se diferenciaban

Vendrían a cortar caña y a recoger café, pero ambas labores se diferenciaban en más de un sentido. Mientras que los “enganchados” para el corte de caña permanecían o trataban de permanecer en Cuba, los que recogían café se caracterizaban por ser una migración golondrina, pues regresaban a Haití al concluir la cosecha.

Los sitios donde desembarcaban en Cuba

Como su status de inmigrantes era casi siempre irregular, clandestino, los desembarcaban en diferentes puntos de la costa sur de Cuba, cercanos a Guantánamo; pero, a veces, en la bahía de Nipe o en Santiago de Cuba.

También se dirigían hacia las zonas intrincadas donde les resultaba más fácil trabajar en la ilegalidad. Por el contrario, los macizos cañeros estaban mucho más vigilados por la Guardia Rural y por las autoridades a cargo del carnet de extranjería. En caso de tener legalizado su status preferían mantenerse cortando caña.

Haitianos en Cuba

Haitianos en Cuba

Muchachos jovencitos mal vestidos

Según el carretero, que conocía muy bien el trasiego y tráfico de haitianos, sobre todo dentro de Cuba, arribaban arribaban en bandadas, muy mal vestidos y calzados con alpargatas de listas.

–Venían muchachos nuevos –expresa el carretero al que llamaremos Laureano– con la camisa toda marcada y los pantaloncitos estrechos. La ropa era azul, una especie de mezclilla. Como estaban en una situación que no habían imaginado, se dieron cuenta de que no tenían más remedio que adaptarse.

Muchas veces los vieron agrupados en la avenida Michelson de Santiago de Cuba, a la espera de los trenes que los trasladarían por grupos a diferentes zonas y colonias de caña, sobre todo de las antiguas provincias de Oriente y de Camagüey.

Eran muy atrasados en sus siembras

Aunque confiaban que en Cuba su vida mejoraría, no podían dejar de recordar el país que habían dejado atrás, a pesar del atraso y la pobreza extrema.

Así, explicaban que allá los modos de sembrar eran muy distintos a los de Cuba. Primero, ellos no araban con bueyes. Como herramienta se valían de un pico, y levantaban una loma de tierra para plantar, por ejemplo, boniato.

Nando, criado entre inmigrantes haitianos en una colonia de caña próxima al central “Dos Ríos”, explica:

–Ellos me decían que eran campesinos, que no procedían del “centro civilizado”, y yo les preguntaba intrigado:

–¿Cómo campesino con esa manera de sembrar?

Respondían que en Haití la vida era muy dura y que si lo hacían de ese modo era para poder subsistir, que el atraso era tanto que no les permitía vivir de esos productos.

Es decir, una agricultura sin arado, ni bueyes, ni otros animales.

Con el pico trazaban un círculo y allí iban levantando en el centro una loma de tierra donde sembraban las matas de boniato.

–Porque el boniato –precisa Nando– se luce pariendo ahí. Para los otros tipos de cultivo hacen lo mismo.

Y, además, yuca, calabaza y también frijol gandul, es decir, que sabían que podían contar con variedad de viandas.

De cómo aprendieron a cortar caña

A pesar de la pobre alimentación, el trabajo en Haití y en Cuba era duro.

Por ejemplo, cada carretero en las colonias de caña o en los centrales azucareros en Cuba, cargaba con una cuadrilla de diez, doce o quince haitianos que garantizarían el suministro de la que tiraban, pero ninguno sabía cortarla, explica Laureano.

–Y yo tuve que desmontarme, hacer la operación de cómo debían picarla, y cómo debía quedar la tonga a la hora de cargar la carreta, porque ellos creían que las dejarían allí. Además, había que cortarlas en la joroba para que cupieran.

HildaVidal01

Obra de Hilda Vidal

Se robó a los haitianos, los llevó para el “América” y les puso nombre

–Varias veces me robé a los haitianos del central “Dos Ríos” y los llevé para el “América”–dice el carretero–. Yo no hablaba créole, quiero decir, patois, ni ellos español, así que me entendía con ellos por señas. Además de esa cuadrilla tenía a mi cargo otros haitianos. Se acostumbraron conmigo. Un agente o contratista me pidió que le llevara personal. Estaba cómodo ese agente. Se hizo de una f inquita, de una buena casa y se buscó unos cuantos pesos en aquella zafra. Era fiestero y tenía muchos contactos con los carreteros. Él y yo éramos peleadores de gallos.

Aunque poco, en el “América” los haitianos veían su dinero. Por medio del traguito yo los dominaba en el juego de dados y las barajas. Y también les hacían trampas, los timaban en el basculador, en la romana. Nunca se les pagaba lo que les correspondía, lo legal. Siempre cortaban más cañas porque los paquetes no eran de veinticinco arrobas sino de veintiocho o treinta. Y a la hora de pesar en la romana no les decían, por ejemplo, que cien, sino muchas menos arrobas. Al final no protestaban, se conformaban con lo que les dieran. Para colmo, tampoco conocían de números ni lo que era el peso de la romana.

El carretero confiesa: primero llevé dos haitianos a los que les puse nombre. A los otros les expliqué dónde me encontrarían. A uno le puse el mote de Lampuso. Un Lampuso es alguien que está en un lugar que no conoce y que sobresale entre los demás. A Fernando le puse Bongó porque siempre estaba con unas laticas que ellos acostumbraban a tocar en Haití. Por cierto, se dio muy buen bongosero. Ése hizo familia con una cubana.

A otro lo identificaba como Enrique y al siguiente, Ñato, porque era ñato de naturaleza y hablaba fañoso. Al que seguía, Ventura, porque se aventuraba dondequiera a buscar cosas, cosas no mal habidas. Ya ellos estaban advertidos de que la jornada de trabajo se iniciaba a las cuatro de la madrugada y duraba hasta que se ponía el sol o aún más tarde.

Otros contrabandistas más profesionales hablaban créole o patois, sabían lo que tenían que hacer para llevarlos a otro lugar. Generalmente, el contrabando se producía de noche con el grupo de haitianos listos a partir a la hora señalada. Ese traficante los esperaba, los conducía y se los entregaba al colono o al mayoral.

Columbinas de palo rollizo

Con los haitianos, o detrás de ellos, llegaban las mujeres a las que llamaban codazas. Venían cargadas de problemas familiares o económicos. Algunas, las mejor dotadas, eran atraídas por los dueños de bares y prostíbulos para explotarlas. En muy corto tiempo, después de su arribo, ya dominaban el idioma español.

En fiestas de las zonas cañeras, enseguida empezaban las codazas a hacer lo que llamaban columbina de palo rollizo y también cama de cuje. Es decir, que les ponían yaguas o cualquier otro material a las camas donde empezaban a ejercer el oficio. Sin embargo, aclara Nando, aquellas mujeres no eran iguales a otras porque llegaban, entraban en funciones, se buscaban unos dólares y regresaban a su tierra.

Los negocios más prósperos en la región de Guantánamo eran el café y la prostitución, sobre todo la que atendía a los marineros norteamericanos de servicio o de visita en la base de Caimanera. Por esa razón era muy difícil encontrar pesos cubanos, ya que casi todas las operaciones se hacían en dólares que también circulaban en los propios cafetales. Cuando regresaban a su isla llevaban consigo una suma respetable al multiplicar por diez o doce gourdes –la moneda de su país– que al cambio de aquella época les entregaban por un dólar.

Así, de la misma forma clandestina que aparecían los braceros y las codazas haitianas, se esfumaban al concluir sus respectivas cosechas.

Los haitianos: marcados por la ilegalidad, el contrabando y el engaño

Como era difícil hallar a un haitiano amparado por los documentos en regla, su vida en Cuba estaba marcada por la ilegalidad, el contrabando y el engaño. Generalmente, era mucha la demanda de fuerza laboral y muy reducida la disponibilidad de brazos.

Sus relaciones con los carreteros se sustentaban solamente en el trabajo. A ellos los explotaban el carretero, el colono, los que pesaban en la romana, el hacendado y hasta el más simple mortal conformando una brutal cadena. Del haitiano se decía: es una mano dura para el trabajo. Por eso mismo, siempre encontraba quién se lo ofreciera. Cuando se hablaba de contrato para cortar caña o recoger café, el agente o el carretero respondían cínicamente:

–El contrato lo tienen ahí –y señalaban hacia los brazos.

Aprendieron cómo los engañaban y a tomar el rumbo por sí mismos

–Al final, tales ofrecimientos de trabajo eran mentiras y cuentos –decía un pichón de haitiano.

Así aprendieron a conocer cómo los engañaban y también a no confiar. Por ello, decidieron tomar el rumbo por sí mismos, y no a través de intermediarios, al emigrar dentro del país: hoy en esta colonia de caña, mañana en la otra, luego se iban a las lomas, a las fincas cafetaleras. Siempre en busca de la tierra de promisión. Pero esa tierra no la encontraban porque no existía, así que muy pronto comprendían que todo no había sido más que un espejismo. Para colmo, el contrabandista no lo reconocía cuando merodeaba cerca de los barracones, porque un día a ese haitiano le ponían por nombre Juan Miguel y al siguiente le llamaban José Pacheco. Pero como casi todos se parecían ante una mirada deshumanizada, era muy difícil identificarlos, salvo para aquellos bien entrenados en esos menesteres.

Los que preferían no permanecer en un mismo sitio, partían rumbo a los cafetales con paquetes en la cabeza y gallos debajo del brazo que los propios carreteros y otros contrabandistas les vendían. Allí, la posibilidad de albergarse era crítica. Llegaban, desmochaban las palmas reales y se inventaban de alguna forma un ranchito para cobijarse. Les gustaba vivir solos, no así en la caña. Desconfiaban porque temían ser asaltados o engañados y perder los ahorros que quizás guardaban.

Al trasladarse, dormían donde les cogía la noche y no molestaban a nadie. Y si no les convenían las condiciones para realizar cualquier labor, emprendían la marcha de nuevo en busca del sitio que les pareciera menos peligroso o con menos riesgos de ser descubiertos. Por esa misma razón, casi siempre sabían dónde localizar a sus paisanos y hacia allá se dirigían.

La vida en los cafetales

La vida en los cafetales era peor que en la caña. Por ejemplo, durante la dictadura de Machado les pagaban a cinco o diez centavos la lata de café que recogían. Según el carretero, época mala fue la Moratoria en tiempos de Menocal: quebraron los bancos. Aunque con Machado fue peor que durante la Moratoria. Lo que sembraban no valía nada. El barril de maíz de ciento sesenta y seis libras, con saco y todo, se pagaba con vales o fichas de veinte centavos que cambiaban por productos en la bodega.

El barracón

Durante la zafra, sus días y sus noches transcurrían entre la caña y el barracón donde vivían hacinados. Eran de los llamados “de palo parao”, abiertos, sin paredes. Pero les dejaban una puertecita de madera. Las hamacas, de saco de azúcar o de yute, las colgaban, y conseguían otras para cubrirse.

En las guardarrayas sembraban boniatos que asaban, acompañándolos con arencas o bacalao, y frijoles negros que sancochaban.

Las jerarquías eran tan sencillas como elementales. Primero, el patrón, propietario de la colonia; después el mayoral: el azote, el hombre del foete al que había que obedecer. Para impedir que los haitianos escaparan, adiestraba a algunos en la tarea de vigilar a los demás, y los premiaba con un trato preferencial al alimentarlos, vestirlos, calzarlos y otorgarles otros privilegios. Y cuando llegaba un extraño, le exigía identificarse:

–Bueno, ¿y tú qué buscas? ¿de dónde tú eres? ¡Te vas de aquí!

Esta era una manera de contener a los que iban a secuestrarlos. Por lo menos así lo veía el contrabandista.

Después, los que manejaban esa fuerza de trabajo la negociaban por una suma de dinero. Por ello utilizaban el término contrabando para calificar tal acción.

La comida y la muda de ropa en “Dos Ríos”

Laureano recordaba que en el central “Dos Ríos”, además de las comidas, les entregaban un par de alpargaticas y una muda de ropa sin calzoncillos. Más nada.

En el “América” vieron la plata

Pero cuando los llevaron al central “América” se acostumbraron a ver la plata, ya que antes, nada de eso. Por supuesto que se les entregaba una suma irrisoria hasta tanto no pagaran lo invertido para su traslado en el barco y otros gastos. Esa deuda la irían satisfaciendo con las cañas que cortaran. Por ello, si no les convenían las condiciones en algún lugar, dejaban aquel sitio y partían.

Jugar a los gallos, a los dados y a las barajas

Los carreteros, los agentes y los contrabandistas les enseñaron a jugar y a apostar a los gallos y hasta se los vendían. También a los dados y a las barajas; y después los explotaban en esos juegos porque les ganaban. Los dados no estaban cargados, simplemente que ellos no conocían las trampas en el juego. Por supuesto que a veces los dejaban ganar para

que se ilusionaran y después los copaban en un dos por tres.

Las trampas para todo, incluso con los gallos. Decía el carretero que al gallo de un amigo suyo lo picó un ciempiés y lo dejó ciego. Entonces se lo pidió y se lo vendió a un haitiano.

Otro haitiano más despierto comentó:

–¡Pero ese gallo está ciego!

Lo descubrió porque el gallo hacía gu gu gu, decía Laureano, y al final tuvo que matarlo. Sin embargo, después no le devolvió el dinero al haitiano que no reaccionó ni se le enfrentó, no por cobarde, sino porque en Cuba no existía como persona, estaba fuera de la ley.

Los inspectores de extranjería que supervisaban los documentos de los inmigrantes hacían muy buenos negocios extorsionando a propietarios de fincas que explotaban la mano de obra haitiana o jamaicana. Fungir como inspector de extranjería era en la práctica una “botella” del gobierno de turno. Aquel que designaba a un funcionario del carnet de extranjería, en un período electoral, se hacía rico. Se dirigía a las zonas cafetaleras y desde que llegaba ya se hacía de una buena suma de dinero que serviría para silenciarlo a cambio de no revelar la presencia de los haitianos indocumentados.

Para desempeñar sus labores, los funcionarios requerían la protección de las autoridades militares. Se personaban en el cuartel, y el jefe del puesto designaba a los soldados que quería favorecer, y escogía la pareja de la Guardia Rural y al inspector.

Eran muchos los temores de los haitianos: a los uniformados, a los inspectores de extranjería, a la posibilidad de que los deportaran, como les había sucedido con frecuencia a muchos otros a lo largo de varias generaciones. Y sin embargo, el círculo endemoniado, y al mismo tiempo salvador, el drama que debían afrontar año tras año, en cada estación, volvía a reproducirse en la siguiente zafra azucarera o en la cosecha del café.

Presencia haitiana

En la actualidad durante Fiesta del Fuego en Santiago de Cuba celebrando la presencia haitiana en Cuba

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