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Homenaje por los 70 años – Alex Fleites

Alex Fleites

Alex Fleites

Al inicio de un nuevo milenio de la era histórica o cristiana –  elijan ustedes el adjetivo que más les acomode -, ante la incertidumbre enorme en que nos sume una humanidad con vocación y militancia autófaga, pero sobre todo después del publico, revelador, nada sospechoso y hasta emocionante abrazo de Diego y David en Fresa y chocolate, creo que es un deber inaplazable defender las manifestaciones de ternura entre hombres.

De modo que sin terror a lesionar su bien ganada fama de doblegador de femeninas voluntades y de depredador de alcobas de jóvenes y antañonas damiselas, me apresuro a decir – y por favor, no se me pongan suspicaces – que lo que más me gusta de Jaime Sarusky es su risa.

Fíjense bien. Aquí la tienen. Empieza como una chispita acuosa en los ojos, que luego va deslizándose sinuosamente por la cara hasta depositarse en los labios, y de ahí se lanza, torrente abajo, a estremecerle el cuerpo todo en una gimnasia involuntaria, sísmica, contagiosa e impúdica, que mucho nos habla del goce pleno de vivir la terrenalidad inaplazable del aqui y del ahora.

Y justamente de eso se trata. Jaime Sarusky, el sobresaliente amigo y novelista que hoy nos convoca, es, en toda la extensión de la palabra, un gozador. Ya se que en el pasado siglo el término se relacionó con actividades poco o nada confesables, pero estamos, de cara al futuro, en la obligación de remendar, lustrar y cambiarle el agua a la semántica de nuestro maltratado idioma, y de asumir, de una vez, que un gozador es aquel ser privilegiado y caribe que tiene la rara capacidad de buscarle el lado bueno a cada cosa o situación, y a quien las emociones mas vivas se le despiertan no ante la relevancia retórica de los hechos, sino por su cualidad de irrepetibles.

He escuchado desgranar a Jaime su peculiar y en ocasiones dolorosa historia, sin perder la elegancia, lo mismo frente a una copa de seven years old, que ante una del demoledor, casero, luciferino y comunicativo destilado Ilamado “Hueso de tigre” o “Saltapatrás”. No importa que el interlocutor sea un políglota del trópico, un artista o un simple habitante de este mundo. Todos tienen algo que decirle; a todos tiene algo que acotar.

Jaime se ha visto reflejado en el Almendares y en el Sena. Ha interrogado al Tarot y al tablero de Ifá. Ha usado, en una y otra época, esencias Pierre Cardin y colonia Fiesta. Ha degustado manjares servidos en bandejas de latón y pobrísimos bocados en vajillas de Sevres. Ha frecuentado la Biblia y el Thora. Ha bailado, literalmente, al son del tiempo, pero sin dejarse sacar del paso que le es característico:  esa vueltecita vaciladora y reflexiva, ese tumbaito sensualote y distante de quien golpea con la punta del pie y con selectas flores, marca el territorio, da un requiebro y se aleja como si, definitivamente, regresara.

La primera persona que se tomó el trabajo de escribir sobre mí, fue Jaime Sarusky. Recuerdo que, bajo el seudónimo de Ricardo Hoyos, y con un breve texto, me presentaba a los lectores de la revista OCLAE como un tipo muy simpático. Debo confesar que aquello no me gusto nada. Era lo suficientemente joven entonces como para aspirar a ser un gran poeta. ¿Por que el crítico no hablaba de mis originalísimos versos? ¿Por que no decía que Azucena, mi musa de entonces, era allí mejor cantada que la Beatriz del Dante y que la Fidelia de Zenea? ¿Cómo no saludaba mi sangriento propósito de fundir el idioma heredado para pasarlo por el crisol de mi sensibilidad y acendrarlo definitivamente? Un tipo simpático, un bromista, decía.

Que lejos estaba yo de saber que es mejor -o más practico ser gracioso que poeta, en esta isla que todos tanto sufrimos como amamos. Por eso no quiero saludar hoy al novelista que busca incansablemente -como es condición del arte verdadero- y que se revela lo mismo en la séptima que en la octava casa, ni al periodista fundamental, cazador de fantasma criollo, sino a la gente, a la buena gente que es Jaime. Ese personaje definitivamente encantador, cordial, un poco belle epoque si se quiere, que tiene la manera más plena e inteligente de reír que yo conozca.

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