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“Ha muerto Jaime” – por Fernando Martínez Heredia

Fernando Martínez Heredia

Fernando Martínez Heredia

Hoy, sin esperar a que amaneciera, se ha muerto Jaime Sarusky. Había hecho un ensayo general hace un tiempo, pegándonos un susto formidable a todos, como para constatar lo mucho que se le quería. Poco después me dijo que se sentía muy bien, que estaba igual. Pero en esta última etapa había perdido mucho terreno.

Para mí, Sarusky fue un regalo maravilloso que venía en el paquete de la Feria del Libro 2011. Claro que nos conocíamos desde hacía muchos años, y siempre me impresionaba su gentileza y su sencillez cuando hablábamos. Pero no pasábamos de ahí. La Feria nos relacionó mucho de pronto, y enseguida nos unió. Como el que ha perdido tiempo, me contó su niñez, sus peripecias y estudios tempranos, cosas de su familia, qué era ser judío en su medio familiar y social, en la circunstancia cubana de aquel tiempo; su gusto temprano por la literatura y sus inicios en el periodismo, las experiencias de diarismo y de política práctica en Revolución, en aquellos años tremendos en los que había que aprender pronto y al mismo tiempo qué era un lead y qué era el sectarismo. Todo el que ha vivido un poco sabe que se puede tener un buen conocido toda la vida y se puede hacer uno de un buen amigo prácticamente en un momento.

Como nos volvimos empedernidos, entrábamos en un montón de temas, por suerte sin orden del día. Me encantó su humildad al esperar una crítica de Rebelión en la octava casa como si fuera un principiante, y la capacidad de parecer un niño al admirarse de que yo hubiera estado en Omaja. Nos fuimos poniendo al día en una historia de vivencias del proceso político y cultural de los años sesenta con las que completábamos los hechos mutuamente, y comprobamos nuestra comunidad de criterios políticos. La diferencia de edad entre ambos en ese tiempo era grande – de conocerlo, lo hubiera tenido por “una persona mayor”–, su formación cultural era muy superior a la mía y solo avanzada la década puede decirse que tuviéramos un denominador común intelectual. Eso me ha hecho comprender más la fuerza y el carácter unificador que tuvo la Revolución. Por ejemplo, sin saber que él existía, Jaime era uno de los que producía el diario que a mí me hacía falta: Revolución. Sin preguntarme qué era el periodismo literario, me formaba leyendo productos de esa modalidad en la que Sarusky brilló tanto, tan expresiva de la nueva cultura que comenzaba a desplegarse, y que fue casi excluida de los medios a partir de los años setenta.[1]

Un día me contó la historia más hermosa del edificio en que vivía y su discreta rotonda, la de los jóvenes hacinados que esperaron allí su hora, y al fin salieron desde allí hacia la gloria y la muerte, aquella tarde del 13 de marzo de 1957. Otras veces hablamos de literatura, de política, de las complicadas relaciones entre ambas, de obras y de personas, de ambientes y conflictos. Tenía una cualidad que admiro mucho: la de tratar de ser justo en el juicio y no denigrar a las personas, no dejarse atraer por las mezquindades y las capillas. Sabía ser elegante y limpio por dentro.

No da tiempo a extenderse, urge despedir al amigo con palabras breves. Él, que escribió tantas veces contra la hora del cierre, sabrá comprenderme.

Cuando yo era un niño, se despedía el duelo de algunas personas en la puerta del cementerio local con modestas piezas oratorias en las que primaban las virtudes familiares del reciente difunto y no se invocaba la vida eterna. Se hacía cargo alguno de los pocos vecinos que había vencido la enseñanza primaria. Después, en Santa Clara, el ritual tenía su lugar geográfico lleno de alusión: el puente de los buenos. El comentario coloquial marcaba el pequeño honor tributado: “le despidieron el duelo”. Tenía solo diecinueve años cuando me asignaron la misión de despedir el duelo de unos jóvenes compañeros que se habían vuelto héroes, pero tuve el buen juicio de negarme. De entonces en adelante, la muerte y sus ritos me han convocado muchas veces, con las implicaciones trascendentes que adquirieron en este prolongado camino de la Revolución, o con el significado de íntimo dolor de los familiares de uno y los afectos más cercanos.

 Jaime Sarusky

Jaime Sarusky

No he querido ir a ver a Jaime el día en que no puede mostrar la suave sonrisa encantadora, el comentario agudo ni la mano poderosa, en que realmente no puede compartir con los presentes. El día en que se ha vuelto objeto. Ni he querido acompañarlo al cementerio inusual, uno de esos cementerios especiales que no pertenecen al main stream de las necrópolis, como quizás hubiera comentado él mismo. He preferido seguir teniéndolo vivo, portador de la concreción de un sueño, sabroso conversador que sabe escuchar, militante auténtico de una causa maravillosa, dueño de su espacio sin proponérselo, facilitándome algún dato del gran rompecabezas que han sido nuestras vidas. Y valerme de él así, vivo, para enfrentar todo lo que debemos hacer y entregar los que todavía seguimos, y para esperar más acompañado los cambios y los tiempos que vendrán.

Mi madre nos enseñó a no tenerle miedo a la muerte, que es algo natural. A lo que temo realmente es a que muera nuestro tiempo, el que produjo a Jaime Sarusky. Pero me sostiene la esperanza de que vendrán los nuevos y crearán un tiempo superior, en el que todos puedan sonreír y hacer bien cosas diferentes, como Sarusky, y como él sientan el gozo de la vida como derecho de todos.


[1] Es también un homenaje a Sarusky y sus compañeros mi presentación del número del cincuentenario de La Gaceta de Cuba, de la UNEAC –publicación de la que Jaime fue redactor en 1965–, “La Gaceta de Cuba y el periodismo literario” (La Jiribilla no. 577, La Habana, 26 de mayo al de 1º de junio de 2012)

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