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Homenaje por los 70 años – Reinaldo González

Reinaldo González

Reinaldo González, escritor cubano, Premio Nacional de LiteraturaReinaldo González

La verdad es que hablar después de Nancy y de Roberto no constituye un atrevimiento, sino un disparate. Ellos, que son buenos en tantas cosas, tenían, además, las pilas cargadas. Han hablado de aspectos de la vida de Jaime Sarusky, que son su obra. Pero yo tengo la alegría de tener a Jaime también en el corazón y como compañía en mi profesión desde hace muchos años, cercano en la vida y en el trabajo. Por supuesto, esta tarde ambos nos sentimos intimidados ante un auditorio donde hay tanto talento del lado allá como del lado acá. Quizá nos haría falta un elemento que relaje la tensión, porque a Jaime con los homenajes le ha salido un coté bandoneónico que le desconocíamos. Siempre ha sido muy sensible y, tras su timidez, excesivamente férreo en eso de cuidar sus sentimientos, pero los jubileos por su segunda juventud lo han desenmascarado como un sentimental. El elemento relajante al que me refiero seria una “copita de ron”, es larga compañía que tan buenos ratos nos ha deparado. Creo que esa copita ligera, discreta, siempre ha sido nuestra interlocutora. Con ella pasaba el tiempo como sin pasar y por eso, de buenas a primeras, nos hallamos con un Jaime que ha decidido cumplir lo años vividos, que de vivirlos a aceptar cumplirlos, va cierto trecho, como un desacato.

Pienso que Jaime Sarusky ha sido, eminentemente, un gran amigo. Amigo de muchos y de todos. Y acostumbrado que nos mime, arrope, de momento nos damos cuenta de que es un señor al que le cuelgan lo años, eso sí, como si no contaran, con su presencia de seductor callado y, de golpe, esa carcajada que derriba cualquier pretensión de calendario. A lo largo del tiempo nos ha dado el mejor regalo, su compañía. Sobre él, en los diferentes actos de estos días, hemos hablado mucho, pero más pudieran hacerlo. Esa multitud que está enfrente lo testimonian. Somos legión de admiradores de Jaime. Entre los que he visto y hoy veo, solamente falta una persona, Juana Bacallao, pero seguramente ha mandado un telegrama o una paloma mensajera con una nota discretísima testimoniando su admiración. Y es que hay otra historia de Jaime Sarusky menos comentada que sus libros: Jaime de la noche habanera, el Jaime con que mi generación tropezaba en el Salón Rojo del Capri, entre boleros que eran como una carta de presentación; luego en La Gruta, escuchando a Esther Montalbán; más tarde frente al inolvidable Ronco, José A. Méndez, en el Pico Blanco; luego en el barcito del Saint Johns; o embelesado con Miriam Acevedo en El Gato Tuerto ,que era nuestra versión del Sena; existencialista junto al Almendares maraquero, acompañada por Sergio Vitier y entonando esa rareza que hacia de «Macorina» o de «la pájara pinta».

El Jaime insaciable de la noche habanera, que ya había pasado por Imágenes para escuchar el desgranar de notas de Frank Domínguez con su voz de intimidad probada; que, había saboreado los insondables graves de Elena Burke en el Sheherezada, iba como quien visita casas amigas, salvo que en el lugar del consabido «buchito de café» se empinaba una copa, apenas esa copita de saludo, antes de continuar con paso rutinario. No lo recuerdo – porque tampoco me reconozco yo en ello – en los grandes cabarets, más bien en las boites, donde se confundía la canción con el diálogo y, como estábamos en tiempos de filin, de jazz musicado, entre acordes rítmicos y timbres de intimidad, los más preciosos para que el afecto y la amistad hicieran de cada lugar el sitio en que tan bien se esta, reclamado por el poeta. La noche seguía con una laxitud tropical, con cierta morosidad conversada, hasta que desembocaba en la interrogante del final. Y era lo difícil: volver al carro. ¿Dónde había parqueado nuestro Jaimito el Caminante? Y una sorpresa reiterada: allí, sobre el capó, expectante y esperanzada, iJuana Bacallao!

Son cosas que no se cuentan habitualmente y que quizás expliquen lo que Roberto, eso tan raro de que al manso Jaime Sarusky le llamaran «El Tigre». El Tigre frente a una tigresa que sabía resultar demandante o fiera. Esa ha sido, también, una larga amistad de las que adornan a Jaime Sarusky, un instrumentista de muchas cuerdas. Este Jaime de torturada infancia y adolescencia judía en un país donde supuestamente no existía un sentimiento antisemita, del Sarusky judío, polaco y nuestro, de la Florencia cubana y de La Habana que hizo suya por derecho propio, este Jaime Sarusky que en algún momento se ha hecho el sueco y ha regalado a la literatura cubana, a la imagen de estos años, algunos personajes tan hermosamente disparatados como Petronila Ferro de Rebelión en La Octava Casa, personaje que ame tanto que lo hice mío y lo traslade a mi primera novela, lo puse a caminar por mis paginas para que recibieran algo de su extraviada poesía. Con ella quise que Jaime estuviera en mi libro, porque el ha sido parte no solo de sus libros, sino de los nuestros, no de su historia, sino de las nuestras. En ese bar noctámbulo de salitre de que hablo Nancy estuvimos todos, y si no, Jaime nos lo contaba al día siguiente. También hay que evocar al Jaime de referencias cruzadas, el Jaime al que se le atribuyen historias; porque forma parte de la mitología habanera… Y esta el Jaime que busca las historias peculiares, los personajes sobresalientes…

Hace unos meses Jaime me hizo un nuevo regalo. Después de regañarlo mucho porque, de tan desprendido que es, estaba abandonando su propia obra, puso en mis manos – yo como jurado del premio Alejo Carpentier de novela – un nuevo libro.

No se si es correcto calificarlo de nuevo, porque Jaime lo ha escrito y reescrito tanto, lo ha rumiado y contado, hecho y deshecho con tal frenesí, que ya no se si es un libro antiquísimo y todos le conocíamos algún trozo y el argumento. No había anonimato, todo el mundo sabía quien había mandado y cada nombre aparecía en cada primera página de la entrega. Es una novela que premié con alegría, no solamente por buena que es, sino por ser de Jaime, porque el polaco Sarusky volvía a la ficción pura, no un nuevo libro de artículos o entrevistas, de indagaciones, sino eso que el novelista siente como «la literatura», mentir, soltar la mano y, al fin, escribir satisfactorias mentiras. Aunque no tanto: allí entre sus acciones reales pero novelescas estaba un personaje de realidad pretérita, aunque retocado, William Walker. Se iba armando desde la mirada de los otros, crecía y se imponía en su desmande interesado, seductor y antipático, en sus pequeñeces y en sus grandezas. Solamente un aspecto delataba al autor junto al personaje: en la vida de William Walker se bebía tanto whisky que uno no sabría distinguir si era la vida de William o la de Johnny. Esa novela, Un hombre providencial, nos entregaba una apasionante versión de la vida de un caballero de fortuna y nos devolvía a otro caballero, el Jaime Sarusky de «la literatura», la ficción, la sabia mentira del escritor. Ahora a palo seco, brindo por William Walker, el canalla seductor, por Johnny Walker o Juanito el Caminante, compañero de no pocos dislates, y por el Jaime Sarusky de cada día, el nuestro.

Una respuesta a “Homenaje por los 70 años – Reinaldo González

  1. Agustín Dimas López Guevara

    Brillante, Reinaldo: con la fina y sabia agudeza de su palabra y sus letras. Bien ,merecido y mejor dicho en ese homenaje que será eterno, porque la muerte quiso fracturar …”el sitio donde también se está”, como sentencio ese otro, noble e inmortal Poeta, el Gran Eliseo. Gracias Reinaldo,por poder leer esta declaración de afecto, llena de historias..
    Agustín Dimas López Guevara

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