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Los haitianos: de sobresalto en sobresalto

Publicado en CUBARTE Fecha: 2010-07-14

Haitianos en Cuba

Haitianos en Cuba

A comienzos de los años 70 del siglo XX andábamos el fotógrafo Gilberto Ante y yo realizando varios reportajes en Santiago de Cuba y sus alrededores, cuando encontramos a protagonistas y testigos excepcionales de lo que fuera la vida cotidiana de la primera oleada de haitianos hacia Cuba en ese siglo, quienes se asentaron en colonias de caña y en cafetales de la antigua provincia de Oriente.

Con uno de ellos, al que llamaremos Nando, establecimos contacto en Barrancas, caserío y colonia de caña próximos al central Dos Ríos. Nando, a su vez, nos presentó en ese central a un carretero que desde viejos tiempos había tenido vívidas experiencias en el trasiego y contrabando de haitianos, dentro de territorio cubano. Otro amigo de ambos, bien informado sobre el tema, se sumó al grupo. Acordamos entonces realizar la entrevista, y ningún sitio más adecuado que la trastienda de una bodega en el batey de aquella industria del azúcar, ni ningún momento mejor que la caída de la tarde, sentados, bajo la luz triste de una bombilla polvorienta, ante una mesa donde reposaban la grabadora, varios vasos y una botella de Paticruzao. Sin duda, el ron sería un buen estimulo para desentrañar asuntos escabrosos –o por lo menos desinhibirse ante ellos.

Las historias que contaban eran de tal riqueza humana y social que el diálogo sólo cesó bien entrada la madrugada. Hoy transcurridos más de treinta años, sigo pensando que estos testimonios merecieron ser registrados para la memoria de aquellos tiempos de borrascas y humillaciones no quedara atrapada una vez más, en la telaraña del olvido.

Haitiano contempla el central azucarero

Haitiano contempla el central azucarero

La inmigración a Cuba de miles y miles de braceros haitianos y jamaicanos –mano de obra barata –, en las primeras décadas del siglo XX, está estrechamente vinculada a las inversiones y a la expansión de la industria azucarera por parte de empresas norteamericanas.

En 1917, durante el gobierno de Mario García Menocal, se sancionó una ley que autorizaba  “oda inmigración de braceros y trabajadores” hasta dos años después de terminada la guerra mundial que se estaba librando en aquel momento. No obstante, la realidad se encargaba de imponer su propia ley, diferente, por no decir opuesta, a los designios de quienes impulsaron aquélla. Al concluir 1921, habían entrado al territorio cubano más de ciento cincuenta mil haitianos y jamaicanos. Éstos aceptaban recibir jornales de miseria que desplazaban a los nativos, un modo efectivo de envilecer los salarios, agudizando las precarias condiciones en que se vivía en las zonas rurales.

En las primeras décadas del siglo XX partían de Cuba rumbo a Haití, agentes, también llamados guinchos, con el fin de reclutar braceros para cortar caña durante la zafra y para la cosecha de café.

La primera condición: debían de ser fuertes y jovencitos. Los agentes, enganchadores o guinchos, blancos, negros y mulatos, tenían negocios con los propietarios de colonias de caña y cafetales, y también con hacendados. Así se iniciaban las « emigraciones » término que usaban para designar ese tráfico humano. Tales agentes –también llamados contratistas en esa época – se dirigían a Haití a “escoger la mercancía” y la seleccionaban en diferentes puertos.

Algunas redes, explicaba Nando, compuestas por tres o cuatro agentes, ya en contacto directo, traían sus grupos, junto con pasajeros y carga, en las naves de empresas cubanas y de otras procedencias.

En cada viaje, las embarcaciones transportaban cientos de braceros. El número estaba sujeto al tamaño de las mismas y en correspondencia con el pedido que hacían los propietarios de colonias de caña y los hacendados. Ese tráfico humano estaba controlado por el agente o guincho, algunos directamente al servicio de aquéllos.

Si a partir de 1959 se tuvieron que movilizar unos doce mil voluntarios, no sería exagerado calcular que en aquella época por lo menos diez mil braceros procedentes de Haití y de los cañaverales cubanos en tiempo muerto, participaban en la cosecha cafetalera. En las regiones montañosas y aisladas, en San Bernardo y Reisú, y en Ramón de Guaninao y Filé, se veían más haitianos que cubanos.

Lo invertido en al pasaje –cinco dólares o pesos – y otros gastos, se les descontaba del salario en el corte de caña. En las zonas cafetaleras, en las lomas de Yateras, Imías, Guantánamo y Baracoa, el jornal se pagaba en dólares.

Tradicional baile de las cintas

Tradicional baile de las cintas

No todos venían enganchados como braceros, ya que los hubo que pagaban su pasaje. Venían a Cuba al encuentro de familiares que se habían asentado en el país y tenían algún modo de vida. Inclusive, dentro del contrabando se infiltraban jóvenes cuyas familias disponían de algunos recursos y tenían relaciones con los guinchos.

A los braceros no se les adjudicaba un nombre en particular, como ocurría durante la trata, cuando, para enmascarar el tráfico de esclavos traídos de África, se les nombraba con términos como “piezas de ébano o carbón “.

–En Cuba se gana mucha plata, les decían y allá estarán mucho mejor que en su tierra, donde no les garantizan un trabajo estable – explica uno de los testimoniantes.

– ¿Cuál era el precio de un haitiano, cuánto se pagaba?

– Por lo general se compraban lotes de diez o doce haitianos a quince pesos per capita.

Haitianos en el corte de la caña de azúcar

Haitianos en el corte de la caña de azúcar

Vendrían a cortar caña y a recoger café, pero los enganchados en ambas labores se diferenciaban en más de un sentido. Mientras que los que trabajaban en el corte de caña trataban de permanecer o permanecían en Cuba, los que recogían café se caracterizaban por ser una migración “golondrina” pues regresaban a Haití después de la cosecha.

Como el status de inmigrantes era siempre irregular, clandestino, eran desembarcados en diferentes puntos de la costa sur de Cuba, cercanos a Guantánamo, pero, a veces, en la bahía de Nípe o Santiago de Cuba. También se dirigían hacia las zonas intrincadas donde les resultaba más fácil trabajar en la ilegalidad. Los macizos cañeros estaban mucho más vigilados por la Guardia Rural y por las autoridades a cargo del carné de extranjería. Por eso, en caso de tener legalizado su status, el enganchado prefería mantenerse cortando caña.

Según nos contaba el carretero, que conocía muy bien el trasiego y tráfico de haitianos, sobre todo dentro de Cuba, arribaban en bandadas, muy mal vestidos y calzados con alpargatas de listas.

– Venían muchachos nuevos –expresa el carretero, al que llamaremos Laureano–, con las camisas todas marcadas y los pantaloncitos muy estrechos. La ropa era azul, una especie de mezclilla. Como estaban en una situación que no habían imaginado, se dieron cuenta que no tenían más remedio que adaptarse.

Muchas veces los vieron agrupados en la Avenida Michelson de Santiago de Cuba, a la espera de los trenes que los trasladarían por grupos a diferentes zonas y colonias de caña, sobre todo de las antiguas provincias de Oriente y Camagüey.

Aunque confiaban que en Cuba la vida mejoraría, no podían dejar de recordar el país que habían dejado atrás, a pesar de su atraso y pobreza extrema.

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