Galería

Peculiaridades de la presencia hebrea (Fragmento del libro “Las dos caras del Paraíso”)

Antes de empezar, y quizás fungiendo como posible abogado del diablo, me pregunto: ¿qué es exactamente un judío? O mejor, los judíos. ¿De qué se trata? ¿De una civilización, como civilizaciones fueron Egipto y también Babilonia? ¿Acaso una cultura? ¿Un pueblo? El carácter ambiguo, por lo variado y hasta contrapuesto, de la condición social en que históricamente se han situado o han sido situados los judíos, revela la complejidad del asunto.

Puerta de Sinagoga Hebrea en La Habana

Puerta de Sinagoga Hebrea en La Habana

Un judío puede no asumirse como tal por la abstención o alejamiento de la religión y de las tradiciones, o porque no posee sentido o conciencia de pertenencia. Si es que trata de escapar o de emanciparse o de enmascararse, a la corta o a la larga uno o muchos antisemitas se encargarán – como ha ocurrido a lo largo de la historia – de esclavizarlo, de discriminarlo, de expulsarlo de la tierra donde se encuentre, de confinarlo a ghettos y zonas reservadas que anticipaban sin duda, el apartheid. Los nazis los obligaron a llevar en el pecho o en el brazo una estrella de David que los incriminaba, para luego internarlos en campos de concentración, condenarlos a trabajos forzados y, al final, exterminarlos en las cámaras de gas. Incluso, en los últimos tiempos, no los dejan ni descansar en paz en sus sepulturas, pues en varios países las violan una y otra vez.

La presencia de hebreos en Cuba se remonta, ni más ni menos, a los viajes de Cristóbal Colón y a los hombres que reclutó en la aventura destinada a descubrir y conquistar tierras y riquezas para el naciente imperio español. Con él navegaron alrededor de ciento sesenta judíos, seguramente conversos o que ocultaban su origen para escapar de las hogueras encendidas por la Inquisición. Pero arduo fue el proceso de sembrar raíces en la isla. Según el historiador Manuel Moreno Fraginals en Cuba/España, España/Cuba:

[] en 1511 se abrió la puerta y los hijos de quemados [es decir, quemados por la Inquisición], con la única restricción de que no desempeñasen en las Indias oficios públicos.1

Y añade:

durante la segunda mitad del siglo XVI y aun durante gran parte del XVII la cima de la sociedad cubana no había terminado aún de definir claramente sus estratos: todavía son reconocibles o recordados los aportes de sangre judía, india y/o negra que navegan las venas de familias de incipientes oligarquías.2

Numerosos inmigrantes llegaron a Cuba con un pasado que obstaculiza la movilidad social. Esta situación adquirió caracteres dramáticos para los judíos conversos y sus descendientes que emigraron por centenares al Nuevo Mundo y que son numerosísimos en la vida cubana.

Ningún ejemplo confirma mejor tal observación que el de los Díaz-Pimienta, una familia, más que tal, una dinastía. Por cinco generaciones, los mismos apellidos, y el mismo nombre: Francisco.

Moreno Fraginals, refiriéndose a la venta de los privilegios de hidalguía y a los sumarios en contra de la pureza de sangre en época de Carlos V, escribe:

Este fue el caso [] del mulato habanero Francisco Díaz-Pimienta, en el expediente incoado para ser caballero de la Orden de Santiago, en el que varios testigos declararon que era hijo de un judío portugués con una mulata esclava llanada Catalina.3

Algunos de estos Francisco Díaz-Pimienta eran armadores de barcos y contrabandistas, y tenían un historial bien cargado a lo largo de un siglo. El historiador explica la reiteración del nombre y los dos apellidos alegando que, además de sentirse cada nombrado heredero de sus ascendientes, tenía también conciencia del prestigio acumulado en el tiempo por ese nombre y esos apellidos.

Moreno Fraginals apunta que el hecho de ser descendiente de judío o de un condenando por la Inquisición, fue una de las razones que más entorpeció las pruebas de limpieza de sangre. La colonización de Cuba está llena de judíos que aspiraban a construir en América una nueva vida, poniendo más por medio a las persecuciones religiosas. Carlos V, con toda su carga antijudía, prohibió el 18 de septiembre de 1552 la venta de hidalguías a quienes tuvieran un antepasado que hubiese sido condenado por pública infamia, a los descendientes de los comuneros y a quienes tuviesen trazas de heréticos o sangres judía. A partir del siglo XVII, sus sucesores fueron mucho más flexibles en la venta de estos privilegios.

Tales argumentos fundamentan el punto de vista de que los judíos situados en esa u otras coyunturas históricas, no eran inmigrantes por propia voluntad, sino que estaban escapando de alguna de las muchas persecuciones a que fueron sometidos a lo largo de los siglos.

Era judío Martín Alonso Pinzón, que se destacaba en las tripulaciones de las tres Carabelas de Colón. También lo eran Rodrigo de Jerez y Luis de Torres. Este último primer terrateniente hebreo en Cuba, además, políglota consumado, que dominaba idiomas como el arameo, el árabe y el hebreo, pues el Gran Almirante suponía que navegaban rumbo a Asia. Al parecer, este Luis de la Torres era hombre de muchas iniciativas, pues fue también el introductor del tabaco en Europa. (Curiosamente, otro granjero judío, Luis Marx, investigó y desarrolló mucho después las técnicas apropiadas para el cultivo de la hoja).

Una judía conversa, Isabel de Bobadilla, fue la primera mujer gobernadora de la isla. Ocurrió en el siglo XVI, cuando su esposo, Hernando de Soto, gobernador de Cuba, se lanzó a la conquista de la península de la Florida. Corre el rumor de que su figura inspiró al artista que esculpió la Giraldilla, oronda y altiva dame que, además de coronar la torre del Castillo de la Fuerza, nos ha seducido hasta convertirse en el símbolo de La Habana.

La caña de azúcar fue traída desde la India a la isla en el siglo XVI por judíos portugueses. Otra versión más reciente sostiene que fue Diego Velázquez el que la llevó a Santo Domingo.

Pero para que se constituyera una verdadera comunidad judía en Cuba, fue preciso aguardar hasta el siglo XX, por la muy obvia razón de que solo en 1881 autorizó el gobierno de Madrid la migración de judíos. Además, estaba prohibida la práctica de cualquier religión, excepto la católica, única reconocida oficialmente.

Los hebreos participaron junto a los cubanos en la guerra de independencia contra España en 1895. Es conocido el apoyo de la comunidad judía de Cayo Hueso, particularmente. Horacio Rubens y los hermanos Eduardo y José Steinberg, cercanos colaboradores de José Martí. Ya en el campo de batalla sobresalieron el capitán Kaminski, el mayor Schwartz y el general Carlos Roloff.

En 1902 fue proclamada la república, pero la intervención norteamericana le impuso al país status de neocolonia. Aunque algunos hebreos norteamericanos ya residían en Cuba, la inmigración se intensificó, y ya en 1906 sumaban unos mil, la mayoría hombres de negocios que fundaron en La Habana una institución social, una sinagoga y, en Guanabacoa, un cementerio.

Entre 1910 y 1917 arribaron a Cuba alrededor de cuatro mil judíos sefarditas procedentes de Marruecos y Turquía. En tanto en 1919 apenas sumaban dos mil los hebreos ashkenazis oriundos de Polonia, Rusia y Lituania. Sin embargo, en 1924 ya se había duplicado esa cifra.

Como regla, los sefarditas se instalaban en zonas suburbanas o rurales. Resultaba un lógico fenómeno cultural que conservaran tradiciones propias de los países de donde procedían, generalmente árabes. Iban por los campos y de pueblo en pueblo vendiendo las más disímiles mercancías, y para facilitar las compras a una clientela de bajos ingresos, introdujeron los créditos. Muchos sefarditas, al igual que los ashkenazis, se asentaron indistintamente en La Habana y en provincias. Hasta tiempos muy recientes existía en Guantánamo una comunidad – algunos de cuyos miembros aún permanecen ahí –, que prácticamente constituían un clan, el clan de los Misrahi. Todos llevaban ese apellido y descendían de dos abuelos que eran primos. Muchos de los inmigrantes ashkenazis se trasladaron a La Habana durante y después de la Segunda Guerra Mundial, donde desarrollaron los más diversos tipos de comercio y pequeñas industrias.

Jose Antonio Echevarría en acto de la Comunidad Hebrea

Jose Antonio Echevarría en acto de la Comunidad Hebrea

Las más nutridas migraciones de hebreos a la isla tuvieron lugar en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Se concentraron por propia voluntad en La Habana Vieja, donde compartían sus existencias con cubanos de los más variados niveles sociales. Allí fundaron escuelas, sinagogas, bodegas, cafés con expendio de agua de seltz o yogurt y smetana – que introdujeron en Cuba –, tiendas de ropa, de tejidos y retazos, restaurantes, panaderías, dulcerías y carnicerías.

En 1945 el número de judíos en Cuba era aproximadamente de veinticinco mil. La comunidad desplegaba una activa vida cultural y social, para lo que contaba con varias instituciones, tanto en La Habana como en provincias. Se publicaban dos periódicos, uno en yiddish y otro en castellano, al igual que una revista que dirigía Abraham Marcus Materin, dinámico promotor cultural y primer director de la biblioteca del Patronato Hebreo.

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, en 1945, las circunstancias se modificaron. Miles de judíos que habían podido escapar de la persecución nazi y refugiarse en Cuba, sobre todo en los años 30 y 40, emprendieron el regreso a Europa – entre ellos, los de origen belga, que introdujeron en Cuba la industria de la talla de diamantes – o lograron ingresar en los Estados Unidos y Canadá.

En aquellos años tuvieron un peso significativo en el acontecer cultural de la isla: Erich Kleiber, brillante músico, quien dirigió la Orquesta Filarmónica y la situó en un alto rango internacional, y Ludwig Chajovitz, que contribuyó a fundar y a desarrollar el Teatro Universitario, de indudable influencia en las artes escénicas en Cuba. Fueron igualmente importantes los aportes de Sandú Darié, pintor y escultor de origen rumano.

En toda historia o referencia a los judíos siempre emerge la cuestión del antisemetismo. Hubo prejuicios y en ciertos momentos brotes discriminatorios, sobre todo en los años convulsos de la dictadura de Gerardo Machado, que en mayo de 1932 decretó la persecución de las actividades culturales, religiosas o de otra naturaleza practicadas por los judíos. En 1925, Fabio Grobart, oriundo de Polonia, estuvo entre los fundadores del Partido Comunista de Cuba . El trasfondo de aquella orden era golpear, precisamente, a los movimientos revolucionarios y comunistas encabezados por instituciones sociales y políticas judías. Eso explica que fueran perseguidos y asesinados, y que sus cadáveres fueran lanzados al mar, como ocurrió, por ejemplo, en el famoso caso de Noske Yalob, que no fue el único. Otros judíos cubanos, como el joven Moisés Raigoroski, combatieron en las filas de los republicanos de la Guerra Civil española.

El antisemitismo se expresaba de las más disímiles formas. Conozco a quien se le negó empleo en tres ocasiones sólo de sospecharse su origen judío.

Pero no se trataba de una política de Estado ni de un rechazo popular, sino de acciones condicionadas por intereses de clase. Por ejemplo, el Diario de la Marina, uno de los periódicos más influyentes entonces, de proyección reaccionaria, franquista y pro-nazi, fue representante de los intereses de los ricos comerciantes españoles, cuya competencia con el comercio de los judíos explica de algún modo las campañas antisemitas que ese diario desató.

No hay que olvidar lo ocurrido en el puerto de La Habana con el vapor San Luis. En junio de 1937, esa nave permaneció anclada durante varios días con más de novecientos refugiados judíos a bordo, procedentes de Alemania, porque se les prohibió desembarcar. Se trataba de una operación montada por Goebbels con el propósito de provocar un “espectáculo” para demostrar que a los judíos se le rechazaba en todas parte. Varios factores favorecieron el complot. Según documentos desclasificados, el Departamento de Estado norteamericano y su titular de entonces, Cordell Hull, presionaron para que el gobierno cubano se negara a darles asilo. El pretexto: que las cuotas para los potenciales inmigrantes procedentes de Europa central ya estaban cubiertas en los Estados Unidos. A esto hay que añadir la intensa campaña desatada por el Diario de la Marina y su director, Pepín Rivero, quien redactó varios editoriales azuzando el odio contra los judíos, e insistiendo una y otra vez que había que impedir la entrada de esos refugiados en Cuba porque los judíos eran basura. De modo que el barco tuvo tuvo que zarpar, pero en Miami también se le denegó el ingreso. El San Luis se dirigió entonces a Holanda donde, por fin, los refugiados pudieron desembarcar. La conclusión de tal aventura fue trágica. Seiscientos sesenta y siete de sus pasajeros fueron capturados y murieron en campos de concentración nazis. Solo se salvaron doscientos cuarenta porque tomaron la rápida decisión de escapar de Europa para ponerse a salvo…

1Manuel Moreno Fraginals: Cuba/España, España/Cuba. Historia común. Grijalbo Mondadori, Barcelona, España, 1995, p.62.

2Ob. cit., p. 78.

3Ob. cit., p. 125.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s