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Los hebreos en Cuba

Por: Jaime Sarusky

Publicado en  CUBARTE  el 26 Junio 2009

Fachada de la Casa de la Comunidad Hebrea de Cuba en la esquina de las calles 13 e I en el Vedado, La Habana

Fachada de la Casa de la Comunidad Hebrea de Cuba en la esquina de las calles 13 e I en el Vedado, La Habana

Antes de empezar, y quizás fungiendo como abogado del diablo, me pregunto: ¿Qué es exactamente un judío o mejor, los judíos? ¿De qué se trata de una civilización, como civilizaciones fueron Egipto y también Babilonia? ¿Acaso una cultura? ¿Un pueblo? El carácter ambiguo, por lo variado y hasta contrapuesto, de la condición social en que históricamente se han situado o han sido situados los judíos, revela la complejidad del asunto.

Un judío puede no asumirse como tal por abstención o alejamiento de la religión y de las tradiciones, o porque no posee sentido o conciencia de pertenencia. Si es que trata de escapar, de emanciparse o de enmascararse, a la corta o a la larga uno o muchos antisemitas se encargarán-como ha ocurrido a lo largo de la historia- de esclavizarlo, de discriminarlo, de expulsarlo de la tierra donde se encuentre, de confinarlo a ghettos  y zonas reservadas que anticipan sin dudas al apartheid. Los nazis los obligaron a llevar en el pecho o en el brazo una estrella de David que los incriminaba, para luego internarlos en campos de concentración, condenados a trabajos forzados y, al final, exterminarlos en las cámaras de gas. Incluso, en los últimos tiempos, no los dejan ni descansar en paz en sus sepulturas, pues en varios países las violan una y otra vez.

La presencia de hebreos en Cuba se remonta, ni más ni menos, a los viajes de Cristóbal Colón y a los hombres que reclutó en la aventura destinada a descubrir y conquistar tierras y riquezas para el naciente imperio español. Con él navegaron alrededor de ciento sesenta judíos, seguramente conversos o que ocultaban su origen para escapar de las hogueras encendidas por la Inquisición.

Pero fue muy arduo el proceso de sembrar  raíces  en la isla. Según el historiador Manuel Moreno Fraginals en Cuba/España España/Cuba. Historia común:

(.) en 1511 se abrió la puerta a los hijos de quemados (es decir, quemados por la Inquisición), con la única restricción que no desempeñasen en las Indias oficios públicos.

Y añade: durante la segunda mitad del siglo XVI y aun durante gran parte del XVII la cima de la sociedad cubana no había terminado aun de definir claramente sus estratos: todavía son reconocibles o recordados los aportes de sangra judía, india y/o negra que navegan las venas de familias de incipientes oligarcas.

Numerosos inmigrantes llegaron a Cuba con un pasado que obstaculizaba la movilidad social. Esta situación adquirió caracteres dramáticos para los judíos conversos y sus descendientes que emigraron por centenares al Nuevo Mundo y que son numerosísimos en la vida cubana.

Ningún ejemplo confirma  mejor tal observación que el de los Díaz-Pimienta, una familia, más que tal, una dinastía. Por cinco generaciones, los mismos apellidos y el mismo nombre: Francisco.

Moreno Fraginals, refiriéndose a la venta de los privilegios de hidalguía y a los sumarios en contra de la pureza de sangre en época de Carlos V, escribe:

Este fue el caso (.) del mulato habanero Francisco Díaz-Pimienta, en el expediente incoado para ser caballero de la Orden de Santiago, en el que varios testigos declararon que era hijo de un judío portugués con una mulata esclava llamada Catalina.

Algunos de estos Francisco Díaz-Pimienta eran armadores de barcos y contrabandistas y tenían un historial bien cargado a lo largo de más de un siglo. El historiador explica la reiteración del nombre y los dos apellidos alegando que, además de sentirse cada nombrado heredero  de sus ascendientes, tenía también conciencia del prestigio acumulado en el tiempo por ese nombre y esos apellidos.

Moreno Fraginals apunta que el hecho de ser descendiente de judío o de un condenado por la Inquisición, fue una de las razones  que más entorpeció las pruebas de  limpieza de sangre. La colonización de Cuba  está llena de judíos que aspiraban a construir en América una nueva vida, poniendo mar por medio a las persecuciones religiosas. Carlos V con toda su carga antijudía, prohibió el 18 de septiembre de 1552 la venta de hidalguías a quienes tuvieran un antepasado que hubiese sido condenado por pública infamia, a los descendientes de comuneros y a quienes tuvieran trazas de heréticos o sangre judía. A partir del siglo XVII, sus sucesores fueron mucho más flexibles en la venta de estos privilegios.

Tales argumentos fundamentan el punto de vista de que los judíos situados en esa u otras coyunturas históricas, no eran inmigrantes por propia voluntad, sino que estaban escapando de alguna de las persecuciones a que fueron sometidos a lo largo de los siglos.

Era judío Martín Alonso Pinzón, que se destacaba  en las tripulaciones de las tres Calaveras de Colón. También lo eran Rodrigo de Jerez y Luís de Torres. Este último primer terrateniente hebreo en Cuba, además, políglota consumado, que dominaba idiomas como el arameo, el árabe y el hebreo, pues el Gran Almirante  suponía que navegaban rumbo a Asia. Al parecer, este Luís de Torres era hombre de muchas iniciativas, pues es también el introductor del tabaco en Europa. (Curiosamente, otro granjero judío, Luís Marx, investigó y desarrolló mucho después las técnicas apropiadas para el cultivo de la hoja.)

Una judía conversa, Isabel de Bobadilla, fue la primera mujer gobernadora de la Isla. Ocurrió en el siglo XVI, cuando su esposo, Hernando de Soto, gobernados de Cuba, se lanzó a la conquista de la península de la Florida. Corre el rumor de que su figura inspiró al artista que esculpió la Giraldilla, oronda y altiva dama que, además de coronar la torre del Castillo de la Fuerza, nos ha seducido hasta convertirse en el símbolo de La Habana.

La caña de azúcar fue traída desde la India a la isla en el siglo XVI por judíos portugueses. Otra versión más reciente sostiene que fue Diego Velásquez el que la llevó a Santo Domingo.

Pero para que se constituya una verdadera comunidad judía en Cuba, fue preciso aguardar hasta el siglo XX, por la muy obvia razón de que solo en 1881 autorizó el gobierno de Madrid la migración de judíos. Además estaba prohibida la práctica de cualquier religión, excepto la católica, única reconocida oficialmente.

Los hebreos participaron junto a los cubanos en la guerra de independencia contra España en 1895. Es conocido  el apoyo de la comunidad judía de Cayo Hueso, particularmente Horacio Rubens y los hermanos Eduardo y José Steinberg, cercanos colaboradores de José Martí. Ya en el campo de batalla sobresalieron el capitán Kaminski, el mayor Schwartz y el general Carlos Roloff.

Homenaje a Marti en la Fragua Martiana

Homenaje a Marti en la Fragua Martiana

La república

En 1902 fue proclamada la república, pero la intervención norteamericana le impuso al país  status de neocolonia. Aunque algunos hebreos norteamericanos ya residían en Cuba, la inmigración se intensificó, y ya en 1906 sumaban unos mil, la mayoría hombres de negocios que fundaron en La Habana una institución legal, una sinagoga y, en Guanabacoa, un cementerio.

En 1910 y 1917 arribaron a Cuba alrededor de cuatro mil judíos sefarditas procedentes de Marruecos y Turquía. En tanto en 1919 apenas sumaban dos mil los hebreos ashkenazis oriundos de Polonia, Rusia y Lituania. Sin embargo, en 1924 ya se había duplicado esa cifra.

Como regla, los sefarditas se instalaban en zonas suburbanas o rurales. Resultaba un lógico fenómeno cultural que conservaban tradiciones propias de los países de donde procedían, generalmente árabes. Iban por los campos y de pueblo en pueblo vendiendo las más disímiles mercaderías, y para facilitar las compras a una clientela de bajos ingresos, introdujeron los créditos. Muchos sefarditas, al igual que los ashkenazis, se asentaron indistintamente en La Habana y en las provincias. Hasta tiempos muy recientes existía en Guantánamo una comunidad- algunos cuyos miembros aún permanecen allí-, que prácticamente constituía un clan, el clan de los Misrahi.

Todos llevaban ese apellido y descendían de dos abuelos que eran primos. Muchos de los inmigrantes ashkenazis se trasladaron a La Habana durante y después de la Segunda Guerra Mundial, donde desarrollaron los más diversos tipos de comercio y pequeñas industrias.

Las más nutridas migraciones de hebreos a la isla tuvieron lugar en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Se concentraron por propia voluntad en la Habana Vieja, donde compartían su existencia con cubanos de los más variados niveles sociales. Allí fundaron escuelas, sinagogas, bodegas, cafés con expendio de agua de seltz o yogurt y smetana, -que introdujeron en Cuba- tiendas de ropa, de tejidos y retazos, restaurantes, panaderías, dulcerías y carnicerías.

En 1945 el número de judíos en Cuba era aproximadamente de veinticinco mil. La comunidad desplegaba una activa vida cultural y social, para lo que contaba  con varias instituciones, tanto en La Habana como en provincias. Se publicaban dos periódicos, uno en yiddish y  otro en castellano, al igual que una revista que dirigía Abraham Marcus Materia, dinámico promotor cultural y primer director de la biblioteca del Patronato Hebreo.

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, en 1945, las circunstancias se modificaron. Miles de judíos que habían podido escapar de la persecución nazi y refugiarse en Cuba, sobre todo en los años 30 y 40, emprendieron el regreso a Europa –entre ellos, los de origen belga, que introdujeron en Cuba la industria de la talla de diamantes- o lograron ingresar en los Estados Unidos y Canadá.

En aquellos años tuvieron un peso significativo en el acontecer cultural de la isla: Erich Kleiber, brillante músico, quién dirigió la Orquesta Filarmónica y la situó en un alto rango internacional, y Ludwig Chajovitz, que contribuyó a fundar y a desarrollar el Teatro Universitario, de indudable influencia en las artes escénicas en Cuba. Fueron igualmente importantes los aportes de Sandú Darié, pintor y escultor de origen rumano.

En toda historia o referencia a los judíos siempre emerge la cuestión del antisemitismo.

Hubo prejuicios y en ciertos momentos brotes discriminatorios, sobre todo en los años convulsos de la dictadura de Gerardo Machado, que en mayo de 1932 decretó la persecución de las actividades culturales, religiosas o de otra naturaleza practicadas por judíos. En 1925, Fabio Grobart, oriundo de Polonia, estuvo entre los fundadores del Partido Comunista de Cuba. El trasfondo de aquella orden era golpear, precisamente a los movimientos revolucionarios y comunistas encabezados por instituciones sociales y políticas judías. Eso explica que fueran perseguidos y asesinados, y que sus cadáveres fueran lanzados al mar, como ocurrió, por ejemplo, en el famoso caso de Noske Yalob, que no fue el único.  Otros judíos cubanos, como el joven Moisés Raigoroski, combatieron en las filas de los republicanos en la Guerra Civil española.

El antisemitismo se expresaba de las más disímiles formas. Conozco a quien se le negó empleo en tres ocasiones sólo de sospecharse su origen judío.

Pero no se trataba de una política de Estado ni de un rechazo popular, sino de acciones condicionadas por intereses de clase. Por ejemplo, el Diario de la Marina, uno de los periódicos más influyentes entonces, de proyección reaccionaria, franquista y pro-nazi, fue representante de lo interés de los ricos comerciantes españoles cuya competencia con el comercio de los judíos explica de algún modo las campañas antisemitas que ese diario desató.

No hay que olvidar lo ocurrido en el puerto de La Habana con el vapor San Luís. En junio de 1937, esa nave permaneció anclada durante varios días con más de novecientos refugiados judíos a bordo, procedente de Alemania, porque se les prohibió desembarcar. Se trataba de una operación montada por Goebbels con el propósito de provocar un “espectáculo”  para demostrar que a los judíos se les rechazaba en todas partes. Varios factores favorecieron el complot.

Según documentos desclasificados, el Departamento de Estado norteamericano y su titular de entonces, Cordell Hull, presionaron para que el gobierno cubano se negara a darles asilo. El pretexto que las cuotas para los potenciales inmigrantes procedentes de Europa central ya estaban cubiertas en los Estados Unidos.

A esto hay que añadir la inmensa campaña desatada por el Diario de la Marina y su director, Pepín Rivero, quien redactó varios editoriales azuzando el odio contra los judíos, e insistiendo una y otra vez en que había que impedir la entrada de esos refugiados en Cuba  porque los judíos eran basura. De modo que el barco tuvo que zarpar, pero en Miami también se les denegó el ingreso. El San Luís se dirigió a Holanda donde, por fin, los refugiados pudieron desembarcar. La conclusión de tal aventura fue trágica. Seiscientos sesenta y siete de sus pasajeros fueron capturados y murieron en campos de concentración nazis. Solo se salvaron doscientos cuarenta porque tomaron la rápida decisión de escapar de Europa para ponerse a salvo.

La revolución

A partir de los años 60 del siglo XX, al producirse en Cuba la nacionalización de los comercios y las industrias, la comunidad hebrea debió encarar una nueva realidad: la emigración de la mayoría de sus miembros, por lo general comerciantes y profesionales. La crisis se agudizó a tal punto que el Patronato Hebreo se vio en la imposibilidad de mantener su sede en el Vedado. Para paliar la situación, fue preciso que alquilara la mayor parte del espacio que ocupaban sus dependencias a grupos de teatro. Del mismo modo actuó el Centro Sefardí con instituciones musicales.

Aunque el reto mayor consistía en revitalizar la comunidad. La solución del problema dependía de la respuesta a la pregunta: ¿de qué fuentes se nutriría?

Se convocó a todo el que tuviese briznas de judaísmo en su estirpe. No olvidemos que, según el rito ortodoxo, es la madre judía la que otorga legitimidad a los descendientes. Ardua tarea para quienes deben hurgar por primera vez en sus viejas raíces hasta llegar a un poco probable descubrimiento. Una vez más, la realidad se mostró más compleja de lo previsto. Eran contadas las parejas que tenían ascendencia judía directa. Así, los acontecimientos exigían a los que dirigían la comunidad hebrea actuar con mucho tacto político y dejar de lado un excesivo fervor religioso. Primero que todo había que ser flexibles, abiertos, desprejuiciados al máximo.

Una coyuntura allanó el camino; el hecho de que esa convocatoria provenía del Patronato que había adoptado el rito conservador, es decir, liberal y amplio en cuanto al acceso pleno de las mujeres al ritual, a la vez mucho más moderno y acorde con los tiempos, y no las instituciones que profesaban el rito ortodoxo, enquistado en las más antiguas tradiciones.

En el noventa y cinco por ciento de los matrimonios, uno de los cónyuges no era de origen hebreo. A partir de 1965, casi todos los que se casaban poseían diferente origen religioso o étnico. No era posible otra forma de vínculo.

Los restos de lo que había sido la colonia judía se habían reducido al mínimo. Y aunque los matrimonios mixtos son ya un fenómeno universal, entonces, sobre todo ahora, en Cuba tienen un sentido excepcional: el de la supervivencia, pues aunque no se promueven tales uniones, se aspira que las familias, mixtas o no, se asuman como judías.

De algún modo, ello explica el papel protagónico que desempeña actualmente la mujer en este conglomerado en Cuba. En el ceremonial del rito conservador participan siempre, al punto que, incluso, se encargan de conducir el oficio. Por el contrario, en el ortodoxo está segregada, no puede compartir ni mezclarse con los fieles masculinos. La ardua vida cotidiana del país no facilita la práctica de los rigurosos preceptos del ceremonial ortodoxo. Ni elaborar los alimentos kosher. En Cuba no reside ni oficia de modo estable un rabino, ni siquiera un mohel – especie de ayudante que realiza varias funciones – . Ambos pueden guiar el minían u oficio religioso, y por ejemplo, encargarse de observar las reglas que impone el Sabath: desde encender las velas del candelabro o menorah el viernes en la noche, cuando se hace visible la primera estrella, hasta abstenerse de encender la luz, de trabajar, de cocinar, de tomar un transporte, y en su lugar, leer la Biblia en una comunión perfecta con Dios hasta el día siguiente, cuando aparezca otra vez la primera estrella. Ante esto, las instituciones tratan de facilitarles el camino a los feligreses que acuden los sábados u otros días a la sinagoga, poniendo a su disposición un transporte y la alimentación adecuada.

Mal que bien, la mujer en pie de igualdad social y de participación en Cuba, asimila las exigencias del quehacer judío. Sobre todo si estas son realizables, lo que le permite adaptarse a los requisitos de la contemporaneidad. Más tarde podrá aspirar o no a que en su hogar se conozcan y se sigan las reglas.

No poco de lo aprendido por los niños y adolescentes se debe el apoyo de instituciones de varios países que han enviado maestros e instructores para impulsar el trabajo de reanimación de la comunidad. De ellos han aprendido los elementos de la tradición y de la cultura judía.

No cabe duda de que hay muchísimos modos de ser judío, tanto en el espacio como en el tiempo. Llama la atención el fuerte contraste entre las ceremonias religiosas del pasado y las de hoy día en La Habana. Quien haya visto unas y otras, con seguridad no podrá ocultar su desconcierto con la abismal diferencia. Son dos manifestaciones tan diferentes de una misma creencia, que se diría que un tajo espectacular las escindió, al punto que nada tienen que ver entre sí. Para los actuales judíos cubanos, aquel ceremonial les resultaría ajeno, antiguo. Entonces el oficio religioso era a todas luces austero y solemne. En la actualidad, al menos el rito conservador y las personas que conduce el oficio, en su mayoría jóvenes y con mucha frecuencia mujeres, tienen la vitalidad de lo nuevo y lo espontáneo, pero está ausente la densidad y el rigor de una creencia inspirada e influida en una tradición milenaria.

Para los más nuevos, el ritual que conocen no está revestido de la adustez de antaño: el rabino ataviado con su indumentaria negra, la barba patriarcal, el sombrero también negro y la voz profunda, que estremece o crispa, como quien se ha adueñado de toda la pena y el dolor del mundo, y los transmite. Una de las funciones capitales del rabino es, ni más ni menos, la de mantener viva, que no se pierda, esa memoria.

Es obvio que esos jóvenes aprendices de una cultura, de un conocimiento, no se pueden improvisar en semanas ni meses, no solo como guías u orientadores espirituales, ni siquiera como portadores de una herencia sedimentada por los acosos, las persecuciones, el éxodo constante, las humillaciones, la Inquisición, el Holocausto.

El mundo judío no es uno ni monolítico. Acaso habría que decir los mundos, diferenciados por la geografía, y por las ideas de cada grupo y cada individualidad. Habría que preguntarse cuán identificado está el judío ashkenazi de Polonia o Rusia con el judío sefardí oriundo de Turquía o de Grecia, o los de Etiopia con los de Alemania. El judío de Israel ya es otra cosa, probablemente se encuentra muy lejos de la mentalidad y la psicología propia de los judíos de la diáspora. A estos los une, por encima de todo, incluso de la probable identificación cultural, lingüística y religiosa, el hecho de saberse pertenecientes a una estirpe sui generis, la de los excluidos, la de los perseguidos a lo largo de la historia, la de estar en el vórtice mismo de esa historia.

A distancia, la unidad judaica parece como un haz compacto, pero al acercarnos y hurgar observamos un panorama heterogéneo, diverso en historias, en culturas, lenguas, ritos, psicologías y costumbres. Todo lo cual confirma su universalidad, surgida de lo particular, de lo específico.

La dramática disyuntiva que enfrentan los hebreos en Cuba radica en disolverse en el tiempo o intentar reencontrarse, reconocerse a sí mismos y conseguir una cohesión, por muy precaria que sea. Ante una contingencia excepcional, resulta lógico suponer el derrotero que seguiría, sobre todo porque no hay otro.

Para no extinguirse, los judíos han tratado de amoldarse a las precarias condiciones que determinan la vida de la comunidad. Ésta tendrá que encarar las consecuencias que se derivarán, tanto del alto promedio de edad de sus integrantes, como de la emigración de sus miembros a distintos países, incluyendo Israel.

Es imposible vaticinar cómo será la comunidad hebrea de Cuba en el 2025 o en el 2050. Pero si aún entonces permanece viva y activa, seguramente tendrá características muy propias, en las que estarán fundidas, en una entidad singularmente caribeña, dos tradiciones: la hebrea y la cubana. Dejemos que el tiempo, como siempre, se encargue de madurar ese proceso y de revelarnos este nuevo, inédito e inesperado capítulo de la historia judía.

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