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Fragmento de la novela “Un hombre providencial”

 

Un Hombre Providencial
Un Hombre Providencial

 

1

Ricardo

Al tal William W. Providence lo conocí en una situación disparatada, cuando estuve en su campamento de Limón Agrio tratando de cobrarle una cuenta. Nunca antes había oído hablar de él, ni sabía nada de sus andanzas por México. Eso me lo contó el teniente Rawson después, al hacer un alto a la orilla del lago, frente al volcán, y el whisky le soltó la lengua. Sobre aquel mar plateado, mientras evocaba las hazañas propias y los incontables gestos temerarios de su jefe, Rawson parecía otro hombre, muy distinto al que entró días antes en la cantina. Yo lo observaba y detrás a los dos volcanes que emergían del islote como torres casi gemelas, y creía haber perdido toda noción del tiempo.

Hacía poco que habíamos celebrado el cumpleaños de la Abuela, y ya confirmábamos mi padre y yo que no se trataba de fantasmas, como se comentaba en la fiesta y murmuraban las comadres del pueblo. En su ranchito de Rosales, una noche sin luna, el viejo Abundio Arce creyó oír ruidos entre las matas de plátano y el corral, y aunque el silencio despejó sus temores, a la mañana siguiente comprobó desconsolado que varias gallinas y sus dos cerdos habían desaparecido. Algunos vecinos decían haber visto extraños soldados merodeando al amparo de la oscuridad, y el conductor de una de las diligencias que recorrían la Ruta del Tránsito hasta podía describirlos: atuendo estrafalario de los sombreros a las botas, piel blanca y una jerga como el inglés.

Confieso que la primera vez que nos hablaron de ellos, ni mi padre ni yo le concedimos demasiada importancia al asunto. Creímos que tales rumores venían ya cargados por excesos de la imaginación de la gente. Pero como dice él, a los hombres nos cuesta mucho mirar el peligro de frente, y cuando por fin nos decidimos a hacerlo, ya estamos con un pie en el precipicio. Quizás por eso no quisimos ver nada anormal en el tipo que llegó aquella noche a la cantina con la mirada huidiza y una barba naciente salpicada por la lluvia. Estábamos habituados a una clientela de viajeros taciturnos y a menudo insolentes, siempre con prisa, vestidos a la buena de Dios y poco interesados en ocultar las navajas, revólveres y dagas que les abultaban la cintura o sobresalían por el pliegue de sus bolsillos.

Las Brisas del Lago era tal vez la cantina más abigarrada y pintoresca del país, y nosotros, los taberneros más discretos del mundo. Por allí, por el camino del oro, desfilaba la gente más loca, aventurera y delirante que había pisado la región desde los tiempos de la Conquista.

Por suerte o por desgracia, estábamos a mitad de camino del trayecto de la Ruta del Tránsito. Un enjambre de vapores, bergantines y clippers zarpaba regularmente de Nueva York o de Nueva Orleáns rumbo a San Juan del Este, en la costa caribeña, donde los pasajeros abordaban un bongo o un vaporcito que navegaba río arriba hasta San Ernesto, en la ribera oriental del lago. Entonces se embarcaban en naves de amplios salones y cómodos camarotes, que al cabo de unas horas los depositaban en la otra ribera, en el bullicioso laberinto del puerto de La Santa. Los loros y las cotorras sor¬prendían al viajero con su monótona algarabía, “Hey, California, gold”, “Hey, California, gold”; las mujeres ofrecían canastas con mantas tejidas, petates bordados, abanicos, quesos, tamales y tortillas, entre otros artículos y objetos; aturd¬ía a los pasajeros el griterío de cocheros, cargadores y muleros que se disputaban bolsas, baúles, cajas y valijas; y por fin, en los carruajes y diligencias de la Compañía del Tránsito, al trote de cuatro caballos que lucían borlas y colleras de cascabe¬les, emprendían el viaje hasta San Juan del Oeste —diecinueve kilómetros de huecos, polvo y canícula—, donde tendrían que esperar el vapor, clipper o bergantín que cubría la ruta hasta San Francis¬co. En esas horas o días se mezclaban con los que regresaban y tenían así como un anticipo de su propio destino. En aquella turba se confundían los fracasados, los que aspiraban a rehacer su vida en el este o en el sur de la Unión y los que ya no tendrían que buscar porque, enriquecidos con un golpe de suerte o de audacia, vivían la fiebre del oro en una euforia permanente. Éstos eran los menos, claro está, pues podían contarse con los dedos de una mano, entre todos los que pasaron alguna vez por la cantina.

El recién llegado vació de golpe un vaso de whisky, y acercándose a la ventana como si buscara el fresco de la noche, se pasó la mano por la frente. Era la señal convenida, sin duda, porque de inmediato entraron cuatro individuos que inmovilizaron a los escasos parroquianos levantando apenas sus rifles. El agua chorreaba todavía de sus anchos sombreros de fieltro, aunque de sus botas enfangadas sobresalían cuchillos de matarife. El hombre de la señal se acercó al mostrador y le dijo a mi padre que quería hablar a solas con él. Su acento era típico de la costa oeste, bien que se acostumbró su oído a escucharlo en el tiempo de sus andanzas por aquellos parajes. Mi padre lo miró de arriba abajo y sin decir palabra se dirigió a la puerta lateral que daba al almacén. Yo, haciéndome el distraído, los seguí.

Hey, you!… —gritó uno de ellos acercándose—. Where are you going? Stay there!

He’s my father —le respondí sin titubear—. What’s wrong with…?

El hombre no me dejó terminar.

Oh, you speak English! —exclamó divertido. Y volviéndose hacia el otro—:It’s ok, Mac.

Sonreí tímidamente. El hombre me dio una palmadita en el brazo.

What’s your name, kid?

Ricardo —dije—. Ricardo Vidal.

Mine is Rawson. Lieutenant Rawson —precisó él—. Come on, Dick.

Cerró la puerta a sus espaldas y, mientras se quitaba el sombrero y lo sacudía , dijo que no teníamos nada que temer. Él y sus hombres eran soldados que venían de Norteamérica con un sólo propósito: liberarnos de los conservadores porque ese Parti¬do, como todos sabían, había violado los más elementales principios democráticos y ahora debía rendir cuenta de sus abusos. Pero no venía a hablar de política, sino de negocios, necesitaba —indicó con un gesto las cajas y barriles que se apilaban en un rincón— avituallar a su tropa, unos doscientos efectivos, y levantarle el ánimo con algunas garrafas de aguar¬diente o de whisky. ¿Siempre llueve tanto por aquí?

Eso fue todo. Los de California y Texas, y dos soldados con las escarapelas rojas del Partido Liberal en sus sombreros desteñidos, empezaron a cargar las provisiones en tres mulas: barriles de manteca y galletas, garrafas de ron y de whisky, harina…

Bien, señor Vidal, no le quito más tiempo —dijo el teniente cuando la carga estuvo lista—. Tendré muy en cuenta sus servicios.

Mi padre lo miró fríamente.

Son cincuenta y seis pesos, señor.

Puede pasar a cobrar al campamento —replicó él con una sonrisa maligna.

Miré a mi padre. Estaba rojo de cólera, el puño cerrado. Pensé en Schultz.

Ahora mismo —dijo, disponiéndose a salir.

¡Yo voy! —grité, dando un salto hacia la puerta. Y antes de que mi padre pudiera im¬pedírmelo, corrí detrás de los muleros, que ya se perdían en la oscuridad doblados bajo el peso de la lluvia.

Fue así como lo conocí, sin poder imaginarme que iba a tenerlo pegado a mí mientras durara aquella estúpida aventura. Desde lo alto de la cuesta miré hacia la cantina, un puntico en la noche apenas iluminado por la luz del farol que colgaba sobre el anuncio. Después de todo, gracias a Dios que estaba vivo porque Rawson no era Schultz y esta vez ni siquiera tendría tiempo de huir. Lo había hecho años atrás no sé ni cómo, en un pueblo minero de California, cuando lo picó la fiebre del oro y estuvo trabajando en una mina a pesar de que el capataz, Sadsmile Schultz, no se cansaba de humillarlo llamándole “greaser” y cosas así. Mi padre simulaba no entenderlo hasta que un domingo, mientras bebía en la cantina del pueblo para sentirse menos solo, Schultz, borracho como una cuba, le gritó delante de todo el mundo que se pusiera en cuatro patas y ladrara como un perro. Fue lo último que dijo en su vida. Mi padre, que nunca había matado una mosca, le cortó la yugular de un navajazo y no paró de correr hasta que estuvo en la goleta que lo llevó de San Francisco a Panamá y de Panamá a San Juan del Oeste. Sólo cuando se vio en La Victoria, la hacienda de la abuela doña Lilia, se sintió realmente seguro.

Me había rezagado y tuve que correr cuesta abajo para alcanzar a los muleros. En el llano la marcha fue haciéndose cada vez más lenta y fatigosa, con las mulas atascándose y resbalando en los lodazales, y los hombres dando tumbos y tratando de entrar en calor a puro fuego de aguardiente.

Nos tomó casi dos horas divisar a lo lejos los primeros ranchos de Limón Agrio. El teniente respondió con una contraseña el alto de los centinelas y, cuando vine a ver, ya estaban descar¬gando sus bestias en la casucha que servía de cocina. Algunas sombras cuchicheaban bajo los árboles. Los soldados fumaban y se pasaban de mano en mano sus canecas. Rawson se había desmontado dando órdenes y al pasar junto a mí me dijo en inglés que esperara, que iba a ver si el Presidente todavía estaba despierto. Yo me quedé pensando qué haría un hombre tan importante extraviado por aquellos parajes y en tan extraña compañía. Lo vi perderse tras el portón de la casona que alguna vez debió haber sido del patrón de la hacienda, porque a pesar de su evidente deterioro, aún conservaba el aliento de fortaleza con que su propietario la edificó.

Recostado al tronco de un aguacate esperé casi toda la noche, cabeceando y sin poder pegar los ojos bajo una densa nube de mosquitos. Sentí en el hombro la mano de un soldado y una voz que me decía en inglés que lo siguiera. Entramos al salón de la vieja residencia, el polvo y las telarañas flotando a la luz de un candil, y allí, junto a un tabique que acentuaba las penumbras y detrás de una mesa de madera, más que ver escuché la voz del hombre que me observaba desde su oscura, desconocida máscara. A su lado estaba Rawson, tieso como un palo.

Aquí lo tiene, Presidente —dijo el teniente en inglés.

Entonces se volvió hacia mí y me anunció que el coronel William W. Providence había tomado la decisión de pagarnos la cuenta tan pronto se posesionara de Granada, la capital. Además, añadió, premiaría generosamente mis servicios si los acompañaba en calidad de intérprete. ¿Yo no sería conservador, verdad? Vi la mirada de Rawson, su mirada cómplice, y me di cuenta de que aquello no era una invitación sino una orden, aun antes de que el hombre se volviera hacia él para dar por concluido el encuentro.
—Take care of him, will you? —dijo.
Afuera me esperaba la frialdad de una mañana cenicienta gravitando sobre el ajetreo de la tropa, que por lo visto había recibido la orden de levantar el campamento. Dos columnas de conservadores armados habían sido detectadas cerca y al parecer se dirigían al puerto lacustre de La Santa. Pude tomar una jícara de café, y antes de que despuntara el sol ya estaba nuevamente en camino, alejándome cada vez más de mi casa. Aunque Rawson me trataba con amabilidad, y nunca volvió a mencionar la entrevista, yo sabía que era su rehén. Take care of him quería decir en realidad, “hazte cargo de este tipo y no lo pierdas de vista”. Pensaba en eso mientras contemplaba los volcanes como torres de vigilia del lago, y él, después de rellenar de whisky la cantimplora, me contaba entre carcajadas cómo había aprendido “this fucking language” persiguiendo bandidos y “señoritas” en México, “bello país, by the way”, requisando ganado, cobrando impuestos y domando indias cerreras. Eran tiempos inolvidables y ésos se los debía al Presidente, cuando todavía no lo era, sino coronel. Lo había conocido en San Francisco cuando todavía no era jefe, jefe militar, sino periodista, y ya soñaba con colonizar esas tierras salvajes de la frontera con México. Y aquel día de abril habían vuelto a encontrarse en su oficina del Industrial Adviser, como la primera vez, pero ahora frente a un mapa de la América Central.

Para empezar, la República de Granada, mi país, aparecía enmarcada en un círculo rojo, una presa remota, pero al alcance de la mano, según le explicaba el propio Providence apuntando con una pluma de ganso hacia la pared. Un territorio rico en recursos naturales, una situación geográfica envidiable —alzó la pluma, uniendo con un gesto las costas del Atlántico y del Pacífico—, y una población que los recibiría con los brazos abiertos. Brian Coleman, un hombre de toda su confianza con el que sostenía una amistad íntima, acababa de regresar de allí y lo sabía muy bien. Con cien hombres armados y dispuestos a todo, la campaña duraría a lo sumo tres semanas. Tal vez menos.

Do you follow me?

Se quedó mirándolo. Rawson no sabía qué decirle, en realidad no podía ocultar su sorpresa. Había ido a platicar sobre el nuevo proyecto de colonización de Sonora y la Baja California, que Providence, dos años antes, uniera en un solo estado, del que no tardó en proclamarse Presidente. Y ahora, así, de pronto…

¿Sabes lo que le dije, muchacho?, sonrió apurando otro trago de whisky, mientras sobre el islote sobrevolaban bandadas de periquitos y el lago reverberaba allá abajo como un espejo. Le dije:

Presidente, en Sonora y la Baja California, bajo sus órdenes, pasé los mejores momentos de mi vida.

Tuvimos que abandonar el país, es cierto, en una retirada táctica, pero siempre pensando en volver. Le confieso que todavía siento la nostalgia de esas tierras, que fueron nuestras y lo serían de nuevo si… Pero ante todo soy un soldado a sus órdenes, de manera que si usted dice México otra vez, Panamá, Cuba, Nicaragua, Presidente, it’s ok with me. Just tell me when.

Todavía recordaba cómo el coronel, con la mano extendida, se había acercado a él exclamando que no esperaba menos de un valiente. Y ahora, a miles de kilómetros de distancia, miraba hacia el lago como si quisiera rescatar, en los destellos de aquella enorme superficie bruñida, la fascinación del momento preciso que lo había conducido a estas tierras. De pronto, para mi sorpresa, se volvió hacia mí y me puso una mano en el hombro.

Listen, you’re a smart kid —dijo—. Jugando limpio, saldrás ganando…Tú y tu familia. Así que no tricks, ¿ok?

Claro que lo sabía. Rawson tenía una manera de hacerse entender con frases que eran al mismo tiempo amenazadoras y corteses. No parecía un simple aventurero. La Ruta del Tránsito estaba llena de ese tipo de gente. No sé si consideró mi silencio como un asentimiento pero él pareció darse por satisfe¬cho. Sacudió la cantimplora, comprobó haciendo una mueca que no quedaba una gota de whisky y, con una voz de mando, se puso de pie.

En dos minutos, toda la tropa estaba de nuevo en movimiento. Avanzábamos por una zona boscosa, de pinos esmirriados y matorrales polvorientos, cuando se escuchó a poca distancia el chirrido de una carreta de bueyes. Rawson dio el alto levantando la mano, indicó a sus lugartenientes que lo siguieran y desapareció tras los pinos. Poco después se oyeron una voz de protesta y una maldición en inglés. Al reanudarse los chirridos, Rawson salió del bosque. Lo seguía una carreta que cargaba carne y cueros y que guiaba uno de sus jinetes. La columna emprendió nuevamente la marcha sin hacer el menor comentario. Rawson se me acercó. En su voz creí notar un tono de disculpa. O de cinismo, tal vez.

La guerra es la guerra, muchacho —dijo—. Si quieres triunfar, tienes que comer. Y si quieres comer…

No pude contenerme.

Tienes que robar o reprimir o…

Él se encogió ligeramente de hombros.

Le propuse comprarle la carga —dijo—. No aceptó.

A pesar de conocer muy bien ese tipo de compras, no dije nada. Tenía que andar como sobre una cuerda floja si quería salir ileso del lío en que me habían metido. Precisamente por ello no grité de alegría cuando reconocí al viejo Nicasio, arriero de la zona a quien yo había visto a menudo en la cantina con su hilera de mulos.

Horas antes tuve la corazonada de que andaba con suerte. Atrás quedaron los pinares y avanzábamos por una suave planicie de hierbas ralas y arbustos dispersos. Ese paisaje de pronto me resultó familiar. Quizás habíamos dado un rodeo y nos acercábamos por el oeste a Colina, que en toda la región era el pueblo más próximo al nuestro. Efectivamente. Poco después del mediodía cruzábamos el riachuelo que da acceso al caserío, con sus ranchos y sus casitas de caña y adobe y la pequeña iglesia en cuyo campanario se alza una cruz de hierro que, según los vecinos, sirve de pararrayos en los días de tormenta.

No tardamos en averiguar que los conservadores se habían desplazado esa misma mañana de Rivas, donde vivaqueaba el grueso de su ejército, hacia La Santa. Rawson mandó a uno de sus hombres a avisar al Presidente, que por lo visto aguardaba sus noticias en las afueras del pueblo. En la placita, a un costado de la iglesia, los hombres habían ido formando, y entretanto Rawson, a gritos, mezclando improperios en inglés y español, parecía estar preparándose para asaltar un cuartel. Era evidente que deseaba impresionar a los vecinos, muchos de los cuales se habían encerrado en sus casas, en tanto otros observa¬ban indiferentes el trajín de una tropa tan abigarrada que cada vez le resultaba más difícil mantener la formación, pese a sus esfuerzos y a los de sus improvisados sargentos. Fue entonces cuando vi a Nicasio arreando sus mulas por un costado de la plaza, ajeno al tumulto, la algarabía y todo lo que no fuera el paso cansino de su recua. Iba a pasar junto a mí de un momento a otro. Miré hacia el teniente, embargado completamente en sus maniobras, y yo, que trataba de dominar mi nerviosismo, murmuré:

Psht… Nicasio… Nicasio…

El viejo volvió la cabeza hacia mí, sorprendido. Yo hice un leve gesto con la mano.

Soy Ricardo, el hijo de Eulogio Vidal, el cantinero de Rosales. ¿Me recuerda?

Se quedó mirándome, inmóvil, y farfulló algo entre dientes. De pronto, noté en sus ojitos rasgados y en la comisura de sus labios un amago de sonrisa. Me había reconocido vagamente.

Avísele a mi padre que estoy retenido —murmuré, casi deletreando las palabras—. A mi padre, Eulogio Vidal. Dígale que vamos para La Santa… ¿Me entiende?

Él miró a un lado y al otro, receloso, movió ligeramente la cabeza, me dio la espalda y arreó de nuevo sus mulas. En el centro de la plaza, incansable, Rawson seguía vociferando inútilmente.

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