La Mujer, la Semana Santa y la Muerte – Los haitianos en Cuba (2)

Revista “Revolución y Cultura” No. 2 2004

En esta entrega –segunda y final– sobre la presencia de los haitianos en Cuba se abordan tres temas fundamentales de su vida cotidiana, aunque con características muy propias y singulares: la relación mujer-hombre entre inmigrantes que debían afrontar y resolver la enorme desproporción cuantitativa entre unos y otras; emergen nuevamente los días dionisíacos de su celebración de la Semana Santa; en tanto que asoman tensas e inesperadas su visión de la muerte y del nacimiento de un nuevo ser, rituales totalmente en contraste con la apreciación al uso, por lo menos en el llamado “mundo occidental”, de tales acontecimientos.

Nuevamente, gracias a los testimonios de Nando, del carretero que trasegaba braceros entre colonias de caña e ingenios azucareros, y un amigo de ambos, todos conocedores a fondo del universo haitiano en nuestro país, hemos podido acercarnos y conocer de primera mano ese complejo fenómeno histórico-social de las décadas iniciales del siglo veinte.

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Celebracion

Celebracion

La mujer

La mujer siempre ha tenido gran significación entre los haitianos, por lo menos los que conocí en Cuba, dice Nando. Adoraban a las mujeres y las situaban en primer plano en todo. Si tenían una fiesta, ellas disfrutaban con más gusto que los varones. Casi siempre lo que poseían los hombres se lo entregaban a ellas. Estaban habituados a que fuera así. Por ejemplo, en un batey donde había dos o tres haitianas y cincuenta haitianos, los hombres se dividían en grupos y compartían con cada una de las dos o tres mujeres. Por lo regular ellas les guardaban las prendas y el dinero. Aparecía una haitiana y siempre se veía a ocho o diez hombres a su alrededor, aunque ella tuviera su “marido”, que no era legalmente su esposo. Desde que llegaban, según me lo contaron mis padres, de inmediato depositaban su confianza en ellas, explica Nando.

–No creo que esa costumbre la implantaron solamente en Cuba, sino que ya la traían con ellos. Es decir, que la mujer en la sociedad haitiana ha desempeñado un papel preponderante en la vida de los hombres. A esos ocho o diez haitianos les decían “buey de pie”. Y el “marido” o “buey sentado” sabía que aquellos ayudaban a mantener la casa.

Le pregunto a Nando si existían relaciones sexuales entre los “bueyes de pie” y ella.

–A veces sí las tenían –responde. Sin embargo, no era así con otros que no fueran esos ocho o diez y el marido. Además, éste último consideraba que ella era una gran mujer porque lo ayudaba económicamente. Le sacaba el dinero a esos hombres. El “marido”, el oficial de la casa, era quien vivía mejor. Lo cual no quería decir que necesariamente estuviera enamorada de él. Ella no se enamoraba. En esos hombres sólo veía el negocio, cómo obtener recursos o dinero. A casi todos les administraba la plata. Además, no estaba casada con el “buey sentado”. Entre ellos no se imponía el casamiento, no había ningún tipo de ceremonia. Sin embargo, el “buey sentado” parecía ser la persona que representaba a la casa.

Pero si a esa mujer no le convenía el hombre, se mudaba a vivir con otro sin andar con muchos remilgos. Un posible motivo para tomar esa decisión podía deberse a que el hombre que abandonaba no había avanzado todo lo que ella entendía. La ambición de ellas era el dinero. Y si el nuevo que ha escogido tiene mejor situación material, pues se queda con él. Llega, aparece ante éste como si le dijera: “Aquí estoy porque llegué”. Ninguno cree que va a compartir su casa con una mujer. Y allí permanecerá ella mientras le convenga, a pesar de que probablemente él no le había propuesto vivir juntos. Por supuesto que ya se conocían muy bien: todos eran amigos y se visitaban con frecuencia.

Como el “marido” sabía que se acostaban con ella, cuando eso iba a ocurrir inventaba un pretexto para salir.

Si un “buey sentado” permanecía todo el tiempo metido en la casa, ya estaba entorpeciendo el trabajo de ella, así que lo más práctico era separarse de él.

Era evidente que el “buey sentado” o “gourroupier”, de alguna forma se beneficiaba gracias a las relaciones que ella sostenía con esos amigos

De ese modo podía mantener la casa y adquirir todo lo necesario para la alimentación y otros gastos. De otra parte, ella realizaba las labores del hogar: cocinaba, lavaba, limpiaba, cosía. Es decir, se comportaba como una ama de casa. Sin embargo, no lavaba la ropa de sus amigos. No se dedicaba a tales menesteres porque, en otro sentido, era como una reina.

Aunque es preciso aclarar que no utilizaba el dinero que se procuraba el marido “oficial” o “buey sentado”. Nunca. A juzgar por como actuaban, cada uno debía agenciarse el dinero con su propio esfuerzo, sin que intervinieran los otros. El jornal que él podía devengar lo guardaba. Y ella no se lo sacaba. O sea, que tenían una relativa independencia. La de ella, gracias a sus relaciones con esos amigos. Más allá de los quehaceres cotidianos, su trabajo consistía en visitarlos en sus casas.

O si no, ellos la visitaban. Además, se preocupaba mucho cuando uno de ellos se enfermaba. Acudía a sus lechos. A algunos les preparaba cocimientos con hierbas hervidas, a otros, baños. Por ejemplo, para la fiebre o el dolor de cabeza utilizaba el rompesaragüey en baños tibios. Y si se trataba de dolores de estómago o algún malestar de la barriga, ya tenían su medicina predilecta: el aceite de higuereta que procesaban ellos mismos directamente. La sembraban, la recogían, la molían y le extraían el aceite que aplicaban también como grasa para el pelo, aunque el olor que despedía era desagradable.

Para otras enfermedades o molestias utilizaban raíces de hierbas como la mejorana o la hierbabuena. Los granos los combatían con mercuro cromo. El rompesaragüey se usaba también en los centros espirituales. Usaban un gajo para espantar al espíritu malo. Al parecer esa costumbre la tomamos en Cuba de los haitianos. Pero alguien aclara que antes ya se usaba para despojos. Tanto por los creyentes del espiritismo como por los de la santería.

Celebración haitiana

Celebración haitiana

Las fiestas en Semana Santa

Las fiestas en Semana Santa empezaban desde el miércoles de ceniza. Ese día lo dedicaban a las comidas de santo. Es decir, que preparaban los animales y otros alimentos consagrados sus loas o santos. Tenían en sus casas figuras que los representaban, casi siempre donde había mujeres o en los barracones, acostumbraban a participar en las fechas donde celebraban a sus deidades.

Papa Bon Dieu es Dios, y Yemayá, Obatalá y Changó, entre otros, también les pertenecían. Santos que, según ellos, los acompañaban, que los protegían. Incluso, temían no cumplir con la cena el día señalado para ofrecerla.

El menú: arroz blanco –siempre arroz blanco–, todo tipo de viandas, maíz asado, coco seco partido, plátanos y otras frutas. El coco les era muy útil. Primero, lo rayaban, lo mezclaban con agua y lo vertían en una cazuela hasta que hervía y con esa manteca cocinaban el arroz. En cuanto a la sal, como muchas veces no era accesible, solucionaban el problema usando una yagua seca, la embebían en agua que al hervirla se volvía salobre y, mal que bien, servía.

–En realidad sus comidas no se diferenciaban mucho de la típica cubana –sostiene Nando.

Pero ni el tiempo de cocción, ni los condimentos, ni los sabores coincidían, a menos que se tratara de un “pichón” o de una “pichona”, es decir, hijos de haitianos, cubanos ya, asimilados a las costumbres y a la cultura culinaria nuestras.

Por ejemplo, la carne de chivo la preferían porque consideraban que era la predilecta de sus loas. Por esa misma razón debía ser sacrificado cerca de los alimentos seleccionados para la comida, de modo que, al degollarlo, en su pataleo, los salpicara con su sangre, acto simbólico, de sacralización de los mismos. Nando y Ramos, el carretero, apuntan que, en algunos casos, la gallina que sacrificaban debía ser “jabá”, en otras ocasiones podía ser negra. Con seguridad, el color debía tener una connotación religiosa o supersticiosa.

Al principio, aclara Nando, el cubano no aceptaba esos ritos. Apenas asistían a esas comidas.

–Como me crié con ellos desde muy pequeño, pude apreciar que el cubano no asistía a esa fiesta porque tenía su sistema de cocinar y su sazón en la comida que no se igualaba.

–Además –añade–, ellos utilizaban como regla una serie de compuestos al elaborar la comida de santo. Conseguían un caldero muy grande donde vertían capullos de distintas viandas –de malanga, hojas de boniatos, yucas y otras que tuvieran a su alcance.

–A ese plato le llamaban Yayac, algo así como el ajiaco cubano. Entonces las hervían, así como la carne que llevaba ese compuesto, pues los resultados eran las patas de los chivos, en muchos casos la cabeza y las mollejas de la gallina, entre otros añadidos.

–El asunto a resolver radicaba en que antes de comer los otros platos había que ingerir ese compuesto mal cocinado porque en el calderón se habían vertido distintas viandas y hojas y como condimento apenas sal y las patas de los animales, inclusive la cabeza. Ahí lo más importante era el Yayac, donde se manifestaba el trabajo del congo, del babalawo ese. En los días de la Semana Santa, además de la comida, había tragos y bailes y brincos y tambores. De algunos se posesionaba el santo. Por ejemplo, el dueño del santo era el que salía al ruedo… Tenía “el santo a caballo”. Ellos le llamaban agó y era muy ansiado que llegara el santo y bajara.

Ahí, sigue explicando Nando, reaccionaba con brincos, ejecutaba otras maniobras con bailes y cantos acompañados por los coros. Caían en una especie de trance, se revolcaban…

Nando considera que la verdad de todo ello, de inicio, eran muchos, muchos tragos de aguardiente, el fanatismo y, además…

–A mí no me parece que había realidad en ese momento en que le bajaba el santo. No, porque se manifestaba así y se pudo ver en muchas ocasiones. Como me crié y crecí dentro de ellos, pude darme cuenta de que no era más que el resultado de una fiesta haciendo creer que bajó el santo que lo ayudaba a él.

–Una manera de sobresalir. Ése que hacía que el santo le bajara era un poco en ese momento el centro de la fiesta. Para destacarse del grupo. Se manifestaba por las contorsiones, tirándose al suelo, visajes, los ojos en blanco, brincos. Por ejemplo, sucedía en sus ranchos. Son pequeños, los horcones a cinco pies de altura. Casi siempre tiraban a agarrarse de la llave –la llave es el palo central del ranchito–, de las faldas de la casita. Trepaban, se tiraban. Algunos de los más conocedores de esa ceremonia, regaban alcohol, encendían un fósforo en el piso y hacían pequeñas fogatas. Al avivarse la llama éste brincaba porque se sobrentendía que tenía el agó y que al agó no sólo no le entraba la candela sino que le gustaba ese juego.

El guincho era otro que conocía que no existía realmente lo de la posesión del santo o loa, que sólo se trataba de la emoción provocada por los tragos y una forma muy elevada de lo que es el fanatismo en creer que el santo que lo protegía estaba en esos momentos en él y de que llegó y estaba participando de todo lo que había ahí.

Días antes del Viernes Santo empezaban a organizar la orquesta. Un paseo. Ya tenían los bailarines y se ensayaba con los tambores. Partían de un lugar determinado, donde se formaba el grupo. El jueves ya salía la conga, casi siempre de Barranca. En otros casos de Uvera, que está de Barranca para abajo, del lado de allá del río. Eran bateyes donde estaban concentrados numerosos haitianos.

Salían cincuenta o sesenta con los bailarines y la orquesta delante. Pero en el camino se les sumaban cientos de personas. Apenas dormían en esos días pues preferían la noche para trasladarse. Era impresionante ya que se alumbraban con antorchas encendidas. Durante el día acampaban para descansar.

Estaban bien organizados. En el grupo siempre había uno más despierto y los otros se subordinaban a su criterio. Era él que se entrevistaba con el patrón para hablar de problemas generales, supervisaba lo relativo al trabajo. De algún modo era quien dirigía al grupo. Le llamaban “el magnate”. En algunos casos administraba el dinero de aquellos que se lo pedían.

Tamboreros

Tamboreros tocando la tahona ; sociedad La Caridad de Oriente, Santiago de Cuba,
1993 © Daniel Chatelain

La música se imponía. Los tambores eran grandes y los confeccionaban ellos mismos con puro cuero de chivo, así como algunas flautas de bambú que sonaban de modos distintos; según el grueso de la caña, así era el tono: más agudo o más grave. Por lo regular eran seis o siete tambores. Los más anchos se los amarraban al cuello. Y salían con latas llenas de piedrecitas que sonaban como unas maracas, más o menos. Llevaban banderas y banderolas rojas y negras que eran los colores de los santos que los protegían.

Muchos se pintaban los rostros de colores, al igual que las máscaras de cartón. Algunas con expresiones como de payasos: nariz larga, ojos y dientes grandes.

Casi todos llevaban pañuelos negros y rojos amarrados al cuello. En algunos casos rojinegros, en otros, negros y rojos, los dos colores. De todos modos, cuando moría un familiar, o nacía un niño, no guardaban luto, ni tampoco se vestían de blanco, como ocurre en ciertas religiones.

Llevaban sombreros de yarey. En los bateyes los estaban esperando para sumarse a la comitiva. Entonces se celebraban competencias de baile. Empuñaban unos garrotes y los manejaban diestramente, como si fueran machetes simulando un combate entre dos adversarios. Especie de simulacro entre espadachines.

La fiesta duraba hasta el lunes o el martes de la siguiente semana, cuando emprendían el regreso a sus bateyes.

Repatriar haitianos

Pero algunos tiempos no siempre fueron de fiestas para los haitianos en Cuba. En ocasiones, según las circunstancias políticas o económicas, los repatriaron.

Aquellos que conocieron tales acontecimientos han dicho que los embarcaban en botes o navíos tan inseguros que las marejadas los envolvían y fueron muchos los que naufragaron y se los tragó el mar.

Musicos haitianos

Musicos haitianos

La creciente situación de desempleo en el país fue la causa primera de la promulgación de la ley del Cincuenta por ciento, iniciativa de Antonio Guiteras, ministro de gobernación durante el mandato de Grau San Martín en 1933. En esencia se trataba de que en todo negocio o finca el cincuenta por ciento o más de sus empleados debían ser cubanos. A los haitianos se les abonaban jornales irrisorios, lo que explica que los patronos marginaran a los cubanos. Comenzaba entonces la cacería y repatriación de haitianos. Algunos dueños de fincas sobornaron a oficiales y esos haitianos se ocultaron todo el tiempo hasta que amainó la tempestad. Otros muchos huyeron y se escondieron, otros fueron capturados por la Guardia Rural y devueltos a su país. Para no pocos haitianos casados o apareados con haitianas o con cubanas la repatriación les resultaba un verdadero desastre. Los introducían en camiones o en carros de línea del ferrocarril. Los barcos partían de Santiago de Cuba.

Del cancionero popular salió una guaracha, dirigida en parte a Grau San Martín, que decía:

En nuestro país cubano
Todos diremos así
Fuera de aquí los haitianos
Haitianos: fuera de aquí
No lo dejes para luego
Que el perjuicio es para ti
Porque se llevan los reales
Las mujeres del país

El estribillo era el siguiente:

San Martín llévate a los haitianos
San Martín llévatelos a todos
San Martín no dejes a ninguno
San Martín llévate a los haitianos
San Martín nos están perjudicando
San Martín llévatelos a todos
Joaquina como haitianera
Le’ echa mano a los cubanos
Se pone como una fiera
Porque le llevan lo’ haitiano’

Explica Nando que para los haitianos era un gran triunfo lograr a una cubana, como la Joaquina del verso. Otra cuarteta rezaba así:

Lloraba Nieves a José
Y Manuelita a Santiago
Señores, ¿qué yo me hago?
Mañana, ¿qué comeré?

El juego

Muchos haitianos tenían garitos, bares y casas de prostitución en la zona de Guantánamo. Se asegura que algunos introdujeron en la Isla diferentes juegos que aquí no se conocían; que hubo haitianos que lograban maravillas con los dados. Hacían máquinas. Y los había que se dedicaban particularmente a hacer dados y a venderlos. Dados cargados. Es decir, los llamados dados caramelo.

Conocían muy bien lo que era el juego. Les vendían esos dados a sus mismos paisanos, engañándolos. El juego siempre originó entre ellos muchos conflictos.

Fiestas y prostitutas

Cuando daban grandes fiestas en los cafetales, llegaban las prostitutas de todos los puntos cardinales. Pichonas de haitianas que se habían formado en Cuba también participaban del negocio. Algunas que venían de Haití arrastraban problemas porque, como explica Lahera:

–Cuando la mujer le es infiel, el haitiano mata a cualquiera. Sin embargo, cuando tratamos de que Nando explicara entonces la conducta de las mujeres con los “bueyes de pie” y con el“buey sentado” nos aclara:

–Porque aquí ya empiezan otra vida. Aquí sí necesitan amigos y vivir con tres o cuatro o más. Como venían tantos hombres y tan pocas mujeres, la que emigraba había tenido problemas o le gustó al contratista, la trajo en el barco y ya en Cuba se ve perdida, así que seguramente adoptó una forma de vida distinta de la que llevaba allá.

La muerte

Por falta de protección y ayuda, incluso por no tener un médico que los atendiera, hubo haitianos que tomaron decisiones drásticas. Por ejemplo, aquel que se enfermó y no tenía medicinas, ni alimentos, ni apoyo. Al verse solo y desamparado, antes que pedir limosna, prefirió dirigirse a la línea del ferrocarril y esperar el paso del tren. No fue el único caso.

–Hubo otros –dice Nando– como el del viejo Masimá, que, por no tener auxilio alguno, veló la llegada del tren y también se suicidó. La visión de la muerte de la generalidad de los haitianos entrañaba toda una filosofía. Así, al morir un paisano, no cargaban el féretro ni se atrevían a enterrarlo, porque siempre le han temido a la muerte por no decir que era pavor lo que sentían. Y era muy improbable que asistieran al sepelio.

La razón era obvia:

–Se tienen miedo –decía Nando. Ese miedo comenzaba a roerlos desde que el enfermo, tirado en una hamaca o en un jergón, se agravaba y apenas tenía fuerzas para valerse por sí mismo, así que empezaban a alejarse, a sacarle el cuerpo.

–¿Por qué? –le pregunto a Nando. Y me responde que ven la muerte como la peste, como si tuvieran el demonio dentro del cuerpo.

De modo que cuando uno fallecía eran los cubanos quienes debían encarar a la muerte. Sin embargo, permanecían o merodeaban alrededor del féretro, tocando los tambores. Incluso, ya habían cubierto las paredes con sábanas blancas.

Bastaba que uno de ellos falleciera para que empezara la música. Al cadáver, ya en el féretro, le ponían comida, cigarros, tabacos y hasta un vaso de agua fresca, y si de manantial, mejor. Igualmente sábanas dobladas, “para que no pase frío”. También, la prenda que el difunto apreciaba más, quizás un traje o un sombrero o un par de alpargatas.

Y si hacía mucho frío, la frazada. A determinada hora de la noche se reunían a hacer un rezo. Después a cantar ante el difunto. Ponían mesas y a jugar dominó haitianos y cubanos, acompañados por el ron y el aguardiente. Asaban un puerco y servían comida a los presentes. Allí amanecían. Antes, los dolientes saludaban al difunto y se sentaban a hablarle.

–Mira, ahora tú vas a descansar. ¿Te sientes bien? No te preocupes, nosotros nos vamos a acordar de ti. ¿Qué te hace falta? ¿La sábana? Mira, aquí tienes la sábana. Aquí está, en la mano. Ahora la ponemos a tus pies. Esa es tu sábana.

En lo relativo al funeral los haitianos tenían un concepto muy elevado de la blancura. No usaban el color negro.

El velorio duraba, igual que entre los cubanos, hasta que se dirigían al cementerio. Como no cargaban el féretro, casi siempre lo hacían los cubanos, gesto que ellos reconocían y agradecían mucho.

–Claro, el velorio de los haitianos no era igual que el de los cubanos, decía Nando, criado en una familia haitiana asentada en un batey cercano al central “Dos Ríos”.

–Ellos entienden que quien muere va a descansar y que ya ha cumplido con su deber, que ése ya no sufrirá más ni tendrá más penas ni dolores; tampoco tendrá que trabajar como un condenado para subsistir.

–Junto al cadáver arman su cantaleta –añade Nando– con sus tambores. Entre ellos algunos conocían esas canciones. Y así seguían y seguían sin importarles las horas.

Tan pronto fallecía uno de ellos, se transmitía la noticia de batey en batey y empezaban a afluir haitianos. Y no tenían que ser familiares necesariamente. Bastaba que hubiera un muerto para que se entendiera que había fiesta, aunque no lo conocieran.

Con los tambores y los cantos había tragos, por supuesto. Siempre prefirieron el aguardiente de caña, conocido por tafiá en créole. También tenían otro método: echarle algunas hierbas. Y le llamaban entonces yerbita, que no tenía ninguna característica particular. Era aguardiente de caña que habían comprado. El ritual duraba mientras el cadáver estuviera insepulto.

–Con la muerte arrancaba el trago, el baile, el cuento, la brincadera – dice Nando.

Saltaban como si bailaran la suiza, brincaban sobre palos, jugaban con machetes porque siempre les ha gustado como arma.

–Yo que nací entre ellos – explica – apenas vi que se produjeran fajazones a machetazos. Aunque tenían sus machetes y se amenazaban, casi nunca los vi enfrentarse. Sabían manipularlos muy bien pero todo se limitaba a gestos y a mucha bulla. Acudían los otros, pero hasta ahí. Terminaban por no combatir. Era así. Siempre.

Chichí

Chichí, el catayé de La Pompadur, 2011 © Daniel Mirabeau

Los haitianos en la Sierra Maestra, cerca de Matías, celebraban lo que llamaban Merengue. El cubano que daba la fiesta invitaba a los haitianos o éstos invitaban a los cubanos. Tocaban unas tamboras grandes, de madera, bien redondas, con unas chapas y con un cuero de chivo muy fino, con unas maraquitas.

Contrariamente a la alegre y liberadora ceremonia que improvisaban alrededor de un difunto, el nacimiento de un niño haitiano era una desgracia, un suceso infausto, doloroso, triste.

Se congregaban, acudían los familiares y vecinos haitianos, hombres y mujeres. Para ellos ya era una realidad la tragedia que significaba el advenimiento de una nueva vida a la tierra.

Porque lo que le esperaba era miseria, trabajo y dolor. En un momento dado empezaban a llorar. Y ese llanto era auténtico, como si en vez de celebrar el acontecimiento de un niño recién nacido, se tratara de alguien que al nacer ya había fracasado y sólo le esperaba un destino oscuro.

No sólo lloraban las mujeres, igualmente algunos hombres. Pero no lo hacían a gritos sino con sollozos, siempre a coro, todos juntos. Rodeaban la cama donde nació el niño que yacía o tenía en sus brazos la madre. Y desgranaban oraciones a partir del Padrenuestro, susurradas en créole. Frases en que se lamentaban de tal calamidad.

–La madre del bebé era la doliente, aunque nosotros le decíamos la dolienta –expresa Nando.

Era a ella a quien le dolía y le preocupaba más un futuro de incertidumbres para el vástago. El padre también se manifestaba así. Pero, además, acudían a una oración, que le decían la del recién nacido. Algunos viejos sostenían que esa oración se decía en Cuba, en ocasiones como esas. Para rogar por el niño, a los dioses y a los santos o loas, por su vida y que su tránsito por el mundo fuera lo menos penoso posible; que no tuviera que afrontar problemas insuperables. Horas después del nacimiento cesaban los sollozos y los lamentos de los familiares y parientes más cercanos. No se brindaba y no había celebraciones. Simplemente reaccionaban como si se tratara de un velorio. Se trocaban los papeles. Pero se percibía una atmósfera de tiniebla, de tibieza basada en algo sentimental, afirma Nando. Había ocurrido un hecho lamentable. Un accidente. Lo vieron, lo sintieron y salieron apenados.

–Pero las cosas han cambiado bastante –dice el doctor Roberto Hernández, quien recordaba que en 1961 convivió con una comunidad de haitianos en el central Falla, hoy Enrique Varona.

–Prácticamente se han ido modificando sus costumbres –agrega–. Se han socializado y también son visibles los cambios en sus tradiciones.

Por ejemplo, en la alimentación. Ahora ya utilizan la sal y no aquellos métodos tan rudimentarios. El poder adquisitivo ha aumentado. Se observan modificaciones en su vestimenta, en el trato. Se puede decir que en estos tiempos han asimilado las tradiciones cubanas y se han ido integrando. Los descendientes se sienten muy cubanos. Cargan sin temor el féretro. Por lo menos los que eran jóvenes en la década de los setenta y los ochenta del siglo veinte se asimilaron sin trauma alguno a las costumbres y tradiciones cubanas. Por sí mismos empezaron a acudir a la consulta del médico al sentir cualquier malestar y no sólo cuando estaban graves. Saludaban y le decían:

–Papá, Papá, doctor.

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