La realidad de una quimera

(…tomado del Libro “El Unicornio y otras invenciones” de Jaime Sarusky)

Lo maravilloso es –en realidad–
lo insólito, lo singular, lo inhabitual,
bello o feo, hermoso o terrible, jubiloso o lúgubre,
dondequiera que se le halle.

Alejo Carpentier

León del Zológico de Piedra de Angel Iñigo, en Guantánamo, Cuba

León del Zológico de Piedra. Primera pieza realizada por Angel Iñigo

Es lo que digo, que ese hombre es algo muy serio, que tiene luz larga, que es un adelantado, que supo ver por encima y más allá de todo el mundo y que las cosas que ha hecho, eso era lo que le decían, son cosas de loco, fíjense caballeros, qué es sino dejar el surco y la cosecha que garantiza la comida de una familia redonda: la mujer, cinco hijos pequeños y la cuñada, y agarrar a campo traviesa y me-terse en un monte, una finquita abrupta, roñosa, sembrada de café y guineos y, sobre todo, de piedras, compay, pedruscos, rocas, bloques de piedra caliza de todas las formas y tamaños, y pegarse allí, a hachazo limpio y querer darle vida a las piedras y a transformarlas en museo al aire libre: un zoológico de animales y escenas de la vida en la selva.

Angel Inigo y su elefante

Angel Inigo y su elefante (Foto publicada en la primera edición del libro “El Unicorinio y otras invenciones”)

Hay que estar de remate, fuera de quicio, para empezar tal colosal empresa, señores, pues sí, el hombre, Ángel Íñigo se llama, por más señas, no sólo la empezó en la zona más llana de la finca San Lorenzo, sino que ha seguido y seguido loma arriba, transfigu-rando las piedras en animales de todos los climas, territorios y volúmenes, desde las ranas y los cone-jos, las jirafas, hipopótamos, elefantes y rinocerontes, hasta escenas de película, como en las que vemos a los leones atacando a un tremendo búfalo o la de una serpiente pitón que está triturando a una pobre y desdichada cebra; un leopardo a punto de devorar un monito o una batalla entre dos bisontes al borde de una pendiente, cosas como esta que le cuento, así, al aire libre, no hay otra en el mundo, aunque dicen que en Borrego, California, un escultor ha hecho algo en una cueva, y este hombre, de aquí, el agricultor Ángel Íñigo, con voluntad y coraje y locura poco comunes, puso manos a la obra y desde que terminó en ese monte un león suave y medio sonriente, ha creado en diez años ciento ochenta y dos piezas y de ellas sesenta y tres son escenas o conjuntos de animales en acción y ahora viene lo mejor: Íñigo nunca estudió escultura, ni arte, sólo la primaria en Jurisdicción, donde nació, por el central Los Reynaldo, cerca de Guantánamo, y allí, desde muchacho, empezó a labrar la tierra con sus hermanos y desde que tenía cinco o seis años cogía pedacitos de barro y hacía animalitos o efigies de patriotas.

Una serpiente Pitón trata de asfixiar a su presa: una cebra

Una serpiente Pitón trata de asfixiar a su presa: una cebra

Pero casi todo el tiempo ayudaba al padre en el campo: narigoneaba, recogía cogollos, amarraba terneros, ordeñaba, aunque lo que lo arrebataba era ponerse a hacer figuritas, primero de barro y cera y cuando fue más muchacho de madera y después de piedra, pequeñas y luego más y más grandes y usted se fija en el cuello largo, largo y hermoso de la jirafa y los ojos se alzan hacia el silencio del monte donde escucha el canto múltiple y los silbidos de candelitas y cartacubas, de carpin-teros y choncholíes o ve en pleno vuelo a torcazas y zunzunes, guacaicas y gavilanes posando en las ramas de un zapote o de un júcaro a los que rodean los mangos y las yagrumas, las higueretas y los jagüeyes, los aguacates y las mandarinas, y los cedros que entregan su sombra al más tranquilo y si-lencioso zoológico de este Íñigo que se atrevió a rechazar el ofrecimiento que le hicieron los Herma-nos Lasalle en cuya escuela estudió, porque el padre prosperó un poco en esa época, de sufragarle la carrera de escultor, no digo yo, si se habían quedado encantados con unas figuritas de cera que había moldeado el muchacho.

Angel Iñigo junto a una de sus piezas

Angel Iñigo junto a una de sus piezas

Él no quiso, no, para nada le atraía ese mundo de sotanas y rezos todo el tiempo y su difunto padre se lo aclaró muy bien: lo que quieren es meterte a cura y a él la verdad que no, no le interesaba. Claro, nadie se le acercó nunca a decirle: pues sí, compay, estudie escultura que usted tiene tremendo talento para eso, salvo los curas, por supuesto, y en aquella época, bajo Batista, a quién se le iba a ocurrir dedicarse al arte y mucho menos en La Gracia, la finca de los Íñigo allá en Boquerón de Yateras, casi casi en la tierra donde el diablo dio las tres voces y ahora Ángel Íñigo no sabe, no, de dónde le viene esa pasión por las piedras, el hombre que más quiere a las piedras en todo el planeta, por eso fue una fiesta cuando descubrió el monte cuajado de rocas donde decidió echar el resto, incluso buena parte de su vida, inventando un mundo donde conviven animalitos domésticos y fieras aunque para él todos los animales, originalmente, eran selváticos y después los domesticaron porque según su filosofía los animales viven comiéndose los unos a los otros en su lucha por la supervivencia y, señores, por favor, esa es otra virtud de Íñigo, crear las figuras tomando en cuenta el entorno, el ambiente que lo rodea allí, en armonía o contraste con las colosales escenas o figuras que nos regala su imaginación, detrás van quedando muchas piedras en las que no se fija en ese momento, pero más tarde, al año o quién sabe cuándo, vuelve sobre ellas, las observa con otra mirada y toma en cuenta lo que hay en los alrededores o el propio tamaño y la forma de la roca hasta que se le ocurra una escena que trabajará con tanta minuciosidad, precisión, movimiento y veracidad que parecerá extraída de una realísima escena de la jungla o del fotograma de una violenta película de ficción porque es lo que él dice:

Pieza a la entrada del Zoológico de Piedra, en Boquerón de Yateras, Guantánamo, Cuba

Pieza a la entrada del Zoológico de Piedra, en Boquerón de Yateras, Guantánamo, Cuba

que cada pieza en ese zoológico tiene su historia, su biografía personal o colectiva, por eso él recuerda a su padre, sevillano de origen que se metió a laborar en la agricultura desde muy joven pero que, sin embargo, tenía luces suficientes para comprender su pasión, su furia por la escul-tura y como buen andaluz, al fin y al cabo, gustaba decir sus parábolas y tenía sentido del humor y soltaba en los momentos oportunos los refranes que venían de perillas y así le decía a Ángel conocido por Gelo en la familia, que al que nace para escultor las piedras le caen del cielo, pero ese proceso no fue nada fácil para él que siempre prefirió crear figuras a trabajar la tierra y repite ahora lo que le decía su papá: que el que nace con una cosa, eso no hay quien se lo quite de arriba. Y sí, la verdad es que no se puede negar que el viejo sevillano era el único que lo estimulaba a seguir por ese camino porque lo que eran los hermanos, ni hablar, le decían horrores, que si estaba loco, que qué cosa era aquella de meterse a hacer animales otra vez, pero de piedra, que quién se creía él para venir a meterse en ese mundo de las esculturas, que era cosa de orates y que si no se daba cuenta que tenía un montón de hijos, Gelo, cinco, las tres hembras y los dos varones y la mujer y la cuñada a los que tenía que mantener, Gelo, darles la comida, se habrá vuelto loco este vaina, vaya que si seguía así se iban a mo-rir de hambre porque no es que él no tuviera nada, no, él tenía unas cuantas vacas, criaba machos también y tenían un desenvolvimiento bueno de campesino, porque vea, vendía tomates, viandas, frutos menores y también maíz de la finca y mal que bien tenía sus entradas, pero cuando se puso con eso de las figuras, todo el mundo se le reviró y ya no entraban los pesos porque no soltaba la piedra para nada y la mujer, Hilda, se lo decía: que no tenía comida para los muchachos, ni ropa ni zapatos, cómo se los daba si ni siquiera sembraba para comer, si estaba vendiendo los machos y las vacas, de-bía darse cuenta que aquello no tenía porvenir y entonces él le respondió que seguirían vendiendo ma-chos y vacas hasta que las piedras esas dieran algo, entonces se le buscó un trabajo en Cultura, le pagaban cien pesos y ella le decía que eso no alcanzaba ni para los cigarros que se fumaba y, vaya, él ni sabía a derechas cómo se las arreglaba para que los chamacos comieran, se vistieran y calzaran, y tal vez desde entonces, secretamente, él debe pensar que Hilda tiene algo de maga porque los muchachos están ahí, vivitos y coleando, Marta, María y Milagros estudian la Licenciatura en Español y trabajando en Educación y a Angelito, de veinte años, también le ha dado por moler piedras y ahora es su ayu-dante y Luis estudia en la escuela de cadetes “José Maceo”, en Santiago, así que por el lado de los muchachos las cosas no han salido tan mal porque un tiempo después también se le aumentó el salario a más del doble, pero el asunto no era tan sencillo, los vecinos también le aconsejaban lo que les dictaba el sentido común: para vivir hay que comer y para comer hay que hacer cosas productivas y no era fácil meterles en la cabeza a esas gentes que para él, Ángel Íñigo, lo más importante, valioso y válido que había en el universo era esculpir, convertir las piedras en un mundo increíble y esos pensamientos no tenían, todavía no tienen, lógica para los pobres mortales que no ven lejos, que no son ob-sesos de una idea, de una pasión, de un destino, pero el propio Íñigo confiesa que él mismo nunca pensó que llegaría a tener el reconocimiento que tiene, porque si de algo estaba seguro, convencido, era de que lo que estaba haciendo valía la pena, pero en el fondo de su corazón también sabía que estaba apostando a una carta, que estaba desafiando al mundo porque tenía que estar muy, pero muy seguro en su fuero interno, convencido totalmente de lo que estaba haciendo, de lo importante que era, de su trascendencia y de que al final la gente le diría: –Coño, Gelo, esto vale la pena.

Angel Iñigo Blanco

El Zoológico de Piedra, fue construido por el escultor autodidacta Ángel Iñigo Blanco, procedente de una familia campesina. No estudió la carrera de Plástica, pero desde muy pequeño se inclinó por la escultura. FOTO: Roberto Suárez

Pero, no, me equivoco una vez más porque a Íñigo, que de vanidoso no tiene un pelo, poco le importaba lo que di-jeran, no le interesaba porque lo suyo es hacer lo que quiere, la constancia, sí, siempre se ha impuesto la voluntad de hacer lo que quiere y es que él no tenía remedio: lo toman o lo dejan, loco de remate o artista de raíz, con la ventaja de su cultura campesina, de su disciplina para pegarse a trabajar, llueva, truene o relampaguee todos los días del mundo: ocho, diez, doce horas diarias, desde que se levanta a las cinco y media de la mañana y se toma el café con leche que le prepara Hilda y se va al zoológico, a pie, desde la nueva casa que le han construido a unos cuatrocientos metros de distancia y estudia la piedra donde estuvo trabajando la noche anterior y a hachazo limpio y con cinceles y martillos y ba-rretas la irá desbastando y como un mago, él también, la irá convirtiendo en un sensacional rinoceron-te o en una colonia de monos al cabo de semanas y meses de esfuerzo físico e intelectual, de dudas y secretas alegrías y luchas consigo mismo y es que la gente lo llamaba para hacerle el favor de aconse-jarle, con la mejor buena voluntad, que dejara eso, que iba a poner a pasar necesidad a la familia y él les agradecía la intención, les agradecía el gesto y las palabras pero él seguía y seguía en lo suyo, en su trabajo, porque ver cómo va saliendo y saliendo la figura lo entusiasma tanto que no se puede despe-gar de ella, esa pieza que va convirtiéndose en algo real, vivo, palpitante y no ceja hasta verla termina-da y el entusiasmo es como un combustible que le insufla energía suplementaria porque siente que lo hace esculpir más aprisa y no se queda tranquilo, satisfecho ni aliviado hasta que ve terminada la figu-ra, hasta que ve que la hizo y que lo logró, pero hasta que no se llega ahí es como una pesadilla, por eso para él lo principal es hacerse un boceto mental antes de empezar a labrar el bloque en bruto, aun-que en su parque de piedra él tiene que tomar en cuenta el tamaño de la roca, el lugar y el ambiente que la rodea, y a partir de ahí imaginará y buscará en su solitaria pesquisa, sin poder consultar ni inter-cambiar ideas con nadie, lo que semanas más tarde, como un artilugio cotidiano y fatigoso, se conver-tirá, tal vez, en el más hermoso caballo que jamás se ha visto en los montes de Yateras y todos sus contornos y la gente dudaba, Íñigo, la gente se preguntaba, esa es la verdad, cómo se le ocurren todas esas escenas, cómo lo puede hacer si no ha estudiado ni siquiera los rudimentos de la escultura, de dónde saca eso, vaya, que uno se interroga si en láminas de libros, si en reproducciones, pues no, él dice que antes de empezar a esculpir, lo único que había visto eran las estatuas de patriotas en algunos parques de Guantánamo, ni tampoco había visto a los escultores trabajando, así que hasta el oficio, el hacer y el cómo hacer lo ha aprendido solo, por su cuenta, sin escuchar, otra vez, nuevas voces que afirmaban que los monos de piedra no daban ningún beneficio, no daban nada, que ni siquiera el gobierno se beneficiaba con eso, que más valía ponerse a sembrar boniatos que a esculpir conejos y que lo que él hacía era trabajar con trabajo pero, bueno, como que lo hacía porque le gustaba, que cada uno opine lo que mejor le parezca que él seguirá haciendo lo suyo, cada vez perfeccionando más cada figura, que ya se ve cómo la propia gente, los cientos de miles y el millón de visitantes que ya conocen al Zoológico de Piedra, notan que las esculturas están más trabajadas, que cada día son mejores, como resultado de su esfuerzo continuado y él también ha ido cambiando, ha perfeccionado su técnica, su oficio y tiene, quién lo duda, más dominio del instrumento, pero también este hombre no es igual al de los inicios, cuando sólo había esculpido al león y aspiraba a alcanzar la quimera de crear un zoológico de piedra y en lo que otro u otros hubieran necesitado veinte o cuarenta años, una vida, para llevarlo a vías de hecho, él lo ha conseguido en menos de diez y sigue loma arriba inventando un universo in-creíble que no terminará ni con el fin de sus días porque la gente lo seguirá recordando en cada pieza, en cada escena, y porque ha dejado una obra colosal, sólo gracias a la formidable “locura” de un poeta como Ángel Íñigo.

Homenaje a Angel Iñigo

Homenaje de la UNEAC a Angel Iñigo

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